SEMANA SANTA, TIEMPO ORDINARIO. Pasión entre nardos.
Dificilmente podremos comprender la perfección humana desde la inevitable perspectiva, desde la irrefutable realidad de la humana imperfección. Sería una contradicción pensar que el hombre imperfecto puede realizar una obra perfecta. Pero no es así: el hombre sí puede alcanzar la perfección, no en sí mismo, sino en una obra suya, puede ser imperfecto, y de suyo lo es, y al mismo tiempo generar, crear algo perfecto. Porque perfecto es aquello que tiene el mayor grado posible de bondad o excelencia en su línea.
Y ese mayor grado posible de bondad o excelencia lo alcanzó Antonio León Ortega, el insigne imaginero ayamontino cuando realizó la talla de Jesús de la Pasión.
Ayamonte sabe, en sus muchas noches de primavera cofrade, como anda una imagen, como suda, como sufre. Sabe que los estamentos que deciden los parámetros de las leyes físicas ceden ante la evidencia de una perfección artística obra de un hombre imperfecto.
En estos días andamos un poco alterados en el blog, y eso ocurre cada vez que sale a colación algo relativo a nuestra Semana Santa. Saltan los nervios y en ocasiones decimos cosas no deseables, incluso para quien las dice.
Yo quisiera que en esos momentos hiciésemos todos un esfuerzo reflexivo. Podríamos, por ejemplo, poner nardos alrededor de las espinas para no pincharnos, como cada septiembre membrillado hace la hermandad de Excombatientes. Pasión entre nardos en su recoleta capilla nos invita a la reflexión serena. Y sin perder de vista las espinas de su corona, bien vendría alguna vez embriagarnos en el olor de esos nardos colocados a sus maltratados pies. Es de esas fotografías de las que un aficionado como el que escribe siempre se sentirá orgulloso.
Qué importancia tiene que el Cali vaya a ser o no contraguía, ni que la Paz vaya o no a tener nuevo capataz. Pecata minuta al lado de la perfeccción de esa obra que nos ofrece un Jesús tallado en carne y hueso, herido en un dolor que al menos en septiembre se ve mitigado por el aroma incomparable de unos nardos, que mucho me temo llevan en sí mismo también una perfección, la que procede del saber sembrar y cuidar de un ayamontino ejemplar, el amigo Patasa.