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Mojarra Fina: El Blog de la Mojarra Fina Ayamontina

SEMANA SANTA, TIEMPO ORDINARIO. Pasión entre nardos.

SEMANA SANTA, TIEMPO ORDINARIO. Pasión entre nardos.

Dificilmente podremos comprender la perfección humana desde la inevitable perspectiva, desde la irrefutable realidad de la humana imperfección. Sería una contradicción pensar que el hombre imperfecto puede realizar una obra perfecta. Pero no es así: el hombre sí puede alcanzar la perfección, no en sí mismo, sino en una obra suya, puede ser imperfecto, y de suyo lo es, y al mismo tiempo generar, crear algo perfecto. Porque perfecto es aquello que tiene el mayor grado posible de bondad o excelencia en su línea.

Y ese mayor grado posible de bondad o excelencia lo alcanzó Antonio León Ortega, el insigne imaginero ayamontino cuando realizó la talla de Jesús de la Pasión.

Ayamonte sabe, en sus muchas noches de primavera cofrade, como anda una imagen, como suda, como sufre. Sabe que los estamentos que deciden los parámetros de las leyes físicas ceden ante la evidencia de una perfección artística obra de un hombre imperfecto.

En estos días andamos un poco alterados en el blog, y eso ocurre cada vez que sale a colación algo relativo a nuestra Semana Santa. Saltan los nervios y en ocasiones decimos cosas no deseables, incluso para quien las dice.

Yo quisiera que en esos momentos hiciésemos todos un esfuerzo reflexivo. Podríamos, por ejemplo, poner nardos alrededor de las espinas para no pincharnos, como cada septiembre membrillado hace la hermandad de Excombatientes. Pasión entre nardos en su recoleta capilla nos invita a la reflexión serena. Y sin perder de vista las espinas de su corona, bien vendría alguna vez embriagarnos en el olor de esos nardos colocados a sus maltratados pies. Es de esas fotografías de las que un aficionado como el que escribe siempre se sentirá orgulloso.

Qué importancia tiene que el Cali vaya a ser o no contraguía, ni que la Paz vaya o no a tener nuevo capataz. Pecata minuta al lado de la perfeccción de esa obra que nos ofrece un Jesús tallado en carne y hueso, herido en un  dolor que al menos en septiembre se ve mitigado por el aroma incomparable de unos nardos, que mucho me temo llevan en sí mismo también una perfección, la que procede del saber sembrar y cuidar de un ayamontino ejemplar, el amigo Patasa.

MOJARREANDO. De dinero y capital, la mitad de la mitad; y si es comerciante, la cuarta parte.

MOJARREANDO. De dinero y capital, la mitad de la mitad; y si es comerciante, la cuarta parte.

Muchas veces no sabe uno a qué atenerse. Me explico: mis paisanos, mis amigos de los bares y del comercio en general esperan con ansias la época estival porque es propicia a levantar sus negocios dado el mayor número de visitantes con que cuenta Ayamonte. Es lógico.

Pero después la vida, con sus contradicciones, nos pone a cavilar. Resulta que lo ideal es el verano, que venga mucha gente, que entre en los bares, que entre en las tiendas, que consuma, que gaste. Hay negocios que viven prácticamente de los dos meses de verano, después es cuestión de mantenerse, de pagar los gastos y poco más. Eso dicen los bien pensados; los mal pensados dicen aquello de “de dinero y capital, la mitad de la mitad”, a lo que mi antiguo jefe, el abogado Trinidad Navarro, con buen sentido del humor,  añadía aquello de “y si es comerciante, la cuarta parte”. En fin, pilarín, a lo que íbamos.

Ayer, debido al dia otoñal que sufrimos o disfrutamos, depende de cómo se mire, mi amigo Benito Ramírez, el gran jefe de la Policía Local, echó el bofe por la boca dirigiendo el tráfico en la Curva del Astillero antigua, hoy Rotonda de los Miguelitos. Madre mía, nunca se había visto tanto coche entrando en Ayamonte, a las dos de la tarde la cola llegaba al cuartel de la Guardia Civil. Bueno, pues miren por donde, el otoñal día de ayer vino a resultar un gran día para el comercio y la hostelería, incluso por la tarde el centro comercial “abierto” estaba a rebosar. Claro, que algunos dirán que sólo vienen a mirar como decía el Llamita.

Pa mí que dias como el de ayer de verano otoñal son los que necesita el comercio local y la hostelería, porque lo de la playa, si fu ni fa, la gente se pasa todo el día bañándose y tomando el sol sin gastarse un duro y comprando en el Mercadona para cocinar en casa, que sale más barato y no está el horno pa bollos.

¿Que dirán los comerciantes?. Pues seguramente aquello de “la cuarta parte”. Será por lágrimas.

MOJARREANDO: Olor a septiembre.

MOJARREANDO: Olor a septiembre.

No sé que tiene la Casa Grande que es capaz de ofrecernos olores fuera de tiempo. A veces, en invierno, con motivo de un acto cofrade, nos trae el inconfundible y tan deseado olor a incienso.  Anoche, cuando todavía julio se resiste a dejarnos, olía a nardos. Y a septiembre membrillado.

De la mano maestra y veterana en mil batallas de mi amigo José María Rodríguez Márquez, vamos, Pepito Márquez, la hermandad de las Angustias presentaba su revista anual adobada este año con un cartel anunciador del “Día de la Virgen”, obra del fotógrafo oficial de la hermandad.

Un acto perfectamente organizado por la nueva Junta de Gobierno presidida por el inefable José Manuel Martín Frigolet, vamos, el Perito, al que no faltó el incondicional y efectivo apoyo de sus hijos Ernesto y Javi, vamos, los Niños del Perito. Todo ello moderado espléndidamente por mi querida sobrina María Antonio Moreno Flores, vamos, mi Marianto.

Tuve la satisfacción de ubicarme junto a ilustres amigos: Celedonio Martín, Enrique Arroyo, Pedro Moreno, Narciso Sánchez, Paco Cecilia, así sale uno reforzado en su prestigio. Y para colmo, un niño del Arauz sacándome tomas sin avisarme de que metiera barriga.

Todo fue, como digo, brillante, ameno, estupendamente recepcionado por un público que prácticamente llenó el recinto. Brevedad en las intervenciones, cosa que siempre es de agradecer, (hasta el cura Carlos estuvo, si nó breve, sí moderadito). Y la gran noticia: la creación de un economato con miras a atender a las personas más necesitadas. Idea inmejorable que debe ser recepcionada con generosidad por todos los que decimos ser devotos de la Virgen. Es de destacar también un detalle pintoresco: el nombre creo que italiano de uno de los sacerdotes que predicarán la novena.

Pronto llegará la Bajada, la Novena, la Ofrenda, la Función, la Procesión. De momento podemos deleitarnos con la lectura y contemplación de una muy buena revista, muy mejorada en su presentación, que nos anuncia todo el devenir de la festividad de nuestra Patrona, que no por repetida deja de ser deseada.

Enhorabuena a la Junta de Gobierno y a todos los participantes.

MOJARREANDO. El CCA.

MOJARREANDO. El CCA.

Vivimos tiempos de siglas. A veces, para enterarse uno de algo necesita hacer un cursillo para descifrarlas, porque además los periodistas y las agencias de prensa no se estropean en escribir la cosa al completo. Ultimamente se puso de moda las siglas SGAE, pero por ninguna parte pudimos leer Sociedad General de Autores de España. Ahora vuelven las siglas AENA, es decir, Aeropuertos Nacionales, por aquello del atropello de los controladores.

Como los ayamontinos somos así de noveleros y modernos, ahora hemos creado el CCA, que suena como a academia de enseñanza  por correspondencia (CEAC, CCC, ¿recuerdan?). Pero no es una academia ni nada que se le parezca, aunque por supuesto que en el CCA puede tener cabida cualquier academia. El CCA de mi entrañable amigo Emilio Borrego Ferrer es el anagrama, o abreviatura, o sigla de lo que se ha dado en llamar Centro Comercial Abierto, y que por supuesto cuenta con el beneplácito de nuestro Ayuntamiento, como no podía ser menos.

Hace algunos años se llevó a cabo una campaña descomunal para hacernos ver a los ayamontinos que lo ideal era que todas las tiendas, incluidas las de toda la vida –Sanchito, el Alosnero, Mari Carmen la de los helaos, el Lapiz, Cayetano Ojeda y la incombustible Facorama- fueran a parar a ese armatoste de la carretera del parador o Avenida de la Constitución, porque ahí estaba el futuro comercial de Ayamonte. Es más, según sus promotores, Gonzalo Cano a la cabeza, con maneras juliovernianas, la cuestión era de sí o sí, pues la desaparición del vetusto centro comercial de Ayamonte de toda la vida quedaba poco menos que a la vuelta de la esquina. Ha ocurrido todo lo contrario: si no es por el Mercadona, en el centro comercial nuevo no quedaría nada, incluso las pocas tiendas que quedan, aun siendo algunas de marcas, vienen vendiendo ya a precio casi de mercadillo, (por 9,95 euros me compré antier un pantalón en Esprinfiel, que pienso estrenar el viernes en la Casa Grande cuando se presente la revista Las Angustias). Las tiendas del centro de toda la vida siguen ahí, incluso se ha incrementado su número. Y ahora, a vueltas del desengaño, sus dueños y el Ayuntamiento corren presto a potenciarlas, a insuflarles vigor. A mí eso me parece espléndido, soy un defensor de nuestro tradicional comercio. Ahora, con sus calles peatonalizadas está de dulce.

Pero lo que no acabo de entender es eso de “abierto”. ¿Acaso alguna vez estuvo cerrado?. Ya dije en un comentario anterior que salvo el conocido “Hierro de Cortada”, en ninguna calle del centro comercial de Ayamonte hubo nunca ni barreras, ni puertas. Al centro se llegaba, andando, en bici, en coche. Siempre abierto, como debe ser.

¿No hubiera sido mejor referirse a esta zona histórica de Ayamonte como CCT, Centro Comercial Tradicional?. Pues nada, en orden a la modernidad, surge lo de abierto. Me veo a mis amigos Antonio Rodríguez Castillo y Emilio Borrego Ferrer acompañados de Damiana Ruiz, concejala del ramo,  saliendo de la Casa Consistorial al grito folklórico-coplero-pantojil de “abran puertas y cerrojos que nos dé la lú der só”, y dando así por inaugurado el nuevo CCA.

Con razón un viejo ayamontino se dejó caer en su día con aquello de “aquí, el que no está loco, está podrío”.

Pues nada. Se llame como se llame, viva el Centro Comercial de Ayamonte, el de la Ribera.

Y R.I.P. por el Via Crucis de Agrupación en la calle.

MOJARREANDO. Una de sucedáneos.

MOJARREANDO. Una de sucedáneos.

José María Pemán fue un escritor y pensador del pasado siglo. Posiblemente, el único o de los poquitos intelectuales que osaban poner en entredicho una determinada actuación del Régimen. Dicen que era amigo de Franco, y eso le otorgaba una especie de patente de corso en la libertad de expresión, aunque limitadita, no vayan a creer. Una de las ocurrencias del autor de “El condenado por desconfiado”, que era la obra preferida de los profesores de religión de la época, fue la de bautizar las entidades donde iban a parar los ministros y altos cargos del Gobierno una vez que Franco les había enviado con el famoso motorista la carta de destitución y agradecimiento de servicios como “sucedáneos del Gobierno”, y relataba un verbigracia ilustrativo: Telefónica, Campsa, Renfe...

¿Pensaban ustedes que estos modos y maneras propios de las dictaduras quedarían desterrados con la llegada de la democracia?. Pues si es así se equivocan de cabo a rabo. Hoy siguen existiendo los sucedáneos. Para que nadie se ofenda pongamos como ejemplo el que mejor conocemos: nuestro paisano Isaias Pérez Saldaña, antiguo y fiel consejero de Chaves, pasó a ser presidente de una cosa que se llama Cartuja 93 y que ni Dios sabe lo que es.

Otras veces, los viejos políticos arriban a las instituciones públicas desde foros privados ofreciendo el oro y el moro que cuando ejercían sus mandatos por lo visto ni habían ido al moro ni habían visto el oro.

Es el caso del exconsejero de la Junta Jaime Montaner, que al cabo de los años arriba a esta bendita tierra llamada Ayamonte, tan generosa en tragarse lo que le echen, sobre todo si viene de fuera. Me explico: yo, como casi todos los ayamontinos, paso mucho por la zona de la dársena. Al estilo del maestro Antonio Burgos, propongo un concurso. Se regala una ración de pescaíto frito en la feria del idem a quien nos muestre imágenes acreditativas del navegar, de la actividad naútica de los muchísimos barcos deportivos anclados en nuestra rada, porque la verdad es que yo siempre veo los mismos y muy quietecitos. Fotos tengo del entorno de muchos días y a todas horas.

¿Quien se beneficia de esa ocupación que ha desterrado a los pocos barcos de pesca que nos quedan?. ¿Qué beneficio supone para Ayamonte tener la dársena “pesquera”, que es su tradicional denominación, ocupada por cientos de barcos de recreo?. ¿Tantos señoritos quedan en estos tiempos de crisis que necesiten un macroproyecto como el que propone el señor Montaner?. Ya vislumbro cómo tiemblan en Puerto Banús, o en toda la costa española al pensar que el macroproyecto de Montaner va a acabar con esos puertos deportivos para recreo y gozo de la alta morería y del seudoseñorío de tinte feudal que aun pervive en España.

Ayamonte es ciudad pesquera por antonomasia, y nunca supo resolver problemas de esta índole que hace muchísimos años resolvieron nuestros vecinos portugueses. Ellos construyeron una dársena “al derecho”, es decir, mirando hacia el mar; a nosotros nos la hicieron unos brillántisimos ingenieros mirando hacia el nacimiento del río, para recoger de paso toda la basura que arrastran los rios en su bajamar, sobre todo en tiempos de inviernos tormentosos. Y no digamos nada de la barra, de su dragado. Los portugueses construyeron un espigón que facilita la entrada de sus barcos al tener la barra mejor calado, la nuestra siempre demandó unos buenos dragados que nunca o casi nunca llegaron. Ahora se nos ofrece, desde un sucedáneo de consejería, un macroproyecto -el mayor puerto deportivo del mundo mundial- pensado en los más poderosos económicamente, a cambio de especular con la creación de unos puestos de trabajos que como ocurre con la dársena, se reducirán a un par de currantes encargados de tener a punto –no se sabe para qué- los barcos de unas personas que viven en Extremadura, Castilla, Madrid...y que arriban a Ayamonte unos días al año, a lo mucho, a darse una vueltecita en sus barcos deportivos. Los nuevos criados, que en vez de cuidar caballerizas cuidan yates y barquitos de recreo. Por lo visto eso es crear puestos de trabajo. Como diría la ilustrada Belén Esteban: me parece "nefastamente" patético.

Los ayamontinos tenemos demasiado fresco el fiasco de Costa Esury, que sí, creó puestos de trabajo, casi los mismos que ahora forman parte de la nómina del paro y dejó todo medio abandonado si nó abandonado del todo. También en ese macroproyecto había visos de crear una nueva y gran ciudad a orillas del Guadiana; como el de la “Nueva Venecia” en que iban a transformar el depauperado campo de Canela. Y pare usted de contar.

Siento tener que escribir esto porque veo muy ilusionado a mi joven amigo Antonio Rodríguez Castillo, nuestro alcalde. Y la verdad es que no deseo otra cosa que tener un día que rectificar lo aquí escrito, pero mucho me temo que, atendiendo a la ley de Murphy, la llave siempre te coge en el bolsillo contrario de la mano que tienes libre. Lo siento, Antonio, pero Ayamonte necesita otros proyectos más a corto plazo, más realistas. Así es como lo siento.

Como por ejemplo, lo del Centro Comercial Abierto, que por cierto, cuando quieras os invito a café  a ti  y a mi querido amigo Emilio Borrego para que me expliquéis lo de “abierto” referido al centro comercial. Y es que yo nunca lo vi cerrado. No había barreras a la entrada de las calles, como mucho el famoso hierro de Cortada en la calle Cervantes, que no sé por qué lo quitaron. Será que me estoy haciendo viejo y empiezo a no recordar nada del pasado. O que esta puñetera mojarra no me da tregua.

SEMANA SANTA, TIEMPO ORDINARIO. La desaparición del Via Crucis de hermandades.

SEMANA SANTA, TIEMPO ORDINARIO. La desaparición del Via Crucis de hermandades.

En muchos lugares de nuestra Andalucía y de España, los órganos oficiales del mundo cofradiero editan un boletín informativo con el fin de tener al día a todos los cofrades del devenir de la institución gestora. En Ayamonte, que cuenta con toda seguridad con una sede envidia de todo el que la visita, que promueve estupendas actividades, religiosas y culturales, falta esa institución de la información “boletinera”. ¿Y por qué traigo a colación este problema en plena canícula?. Muy sencillo:

Me llega noticia, y como tal nueva  para mí,  pero creo que ya suceso viejo, que Agrupación de Cofradías, por acuerdo, no sé si mayoritario o unánime, de los hermanos mayores, ha acordado acabar con la práctica del Via Crucis de hermandades por las calles de las distintas feligresías durante la Cuaresma. Así, como ustedes lo leen, queridos blogueros.

Puede que después de publicado este artículo algunos me tachen de destructor de nuestra Semana Santa, de ver sólo lo negativo. No me importa, porque cuando se ejerce la libertad de expresión con respeto a otras opiniones, uno queda tranquilo.

No me dirán que el acto del Via Crucis de las hermandades por las calles no era uno de los momentos más bellos, de mejor contenido religioso de todos los de Cuaresma. No me dirán que recordar la Pasión y Muerte de Jesucristo en las calles, que es donde tuvo lugar principalmente en su momento histórico no resulta más auténtico que en el interior de un templo.

¿Vamos a terminar eliminando los recorridos y hacerlos sólo en ese interior del templo?. Eso no, por supuesto, cualquierita puede con la Pasarela Ribera.

Ocurre que siempre fueron los hermanos mayores los que llevaron el timón de la Semana Santa cofradiera. Desde hace unos años se pasó a una situación de mera gestoría en virtud de la cual los hermanos mayores siguen teniendo la última palabra –nueve votos contra uno, en el caso de que este sea distinto, que está por ver- mientras un grupo selecto de auténticos cofrades se parten el alma trabajando. Pasa como con esos órganos de control político que abundan en España, cuyos  informes son “no vinculantes”, con lo cual los políticos siguen haciendo lo que les viene en gana.

¿Quien al prepuesto que espera en buena hora, en pasada Cuaresma transmitió la broma?. Le han dado al Via Crucis jaque mate ayer. Juro por Nicolás el todo presto, cosa de ver la cara que habrán puesto, Juanito Acuña y Laureano Garcés.

AYAMONTE, UN CALLEJERO MUY PARTICULAR. El Estero.

AYAMONTE, UN CALLEJERO MUY PARTICULAR. El Estero.

Decía un cordobés afincado en Ayamonte, que los ayamontinos teníamos la suerte de que al pueblo “se entraba por el centro”. Y enseguida se refería al inconfundible paisabe urbano de la Avenida y el Estero, sustantivos que, aun siendo de clase gramatical común, los escribo con mayúsculas porque en nuestra ciudad basta con decir el Estero o a la Avenida, o el Paseo, o el Muelle, para saber a qué nos referimos. Aparte vendrán  el estero o caño de la Mojarra, la Chaveta, el estero de Canela, la avenida de la Constitución, la de Narciso Martín Navarro, etc.

Tenía razón aquel cordobés ilustre, veterinario, profesor, entrenador y sobre todo, gran tertuliano, que fuera don Hedilberto Vázquez. Porque nada más entrar en Ayamonte, no sólo dejamos atrás el Banderín con su Paseíto; es que, de inmediato, pasada la curva del astillero del señor Zamudio, “el Lobo”, hoy rotonda de “Los Miguelitos”, nos damos de frente con el que quizás por esa circunstancias de ubicación, sea nuestro primer y más llamativo santiseña: la Avenida y su Estero.

Para aquellos ayamontinos que no pudieron adquirir mi novela “El regreso de Domingo el Bacalao”, por su lejanía, por los muchos años que pasan sin volver a Ayamonte, voy a transcribir parte del preámbulo de aquella novela en lo que concierne a tal emblemático entorno:

“Desde la curva del astillero del señor Zamudio, dejando atrás la “Casa Colorá”, circula despacio un taxi negro y cúbico; en sentido contrario, un viejo volquete tirado por una mula rumbro a una pedrera o a un horno de ladrillos. Han abierto sus puertas las tabernas de el Lana y el Adoquín, el bar de la Gasolinera; la Cepa, el Túnez y el vetusto Rancho Grande.

Antonio Campos, Campito, y los hermanos Castelo abren sus barberías, mientras los chiquillos de la escuela de los Marinos esperan en la puerta del centro la llegada del enésimo maestro interino, que de llegar, lo hará de entre los pasajeros del tren de la mañana.

Los galeones aparecen anclados en el Estero junto a sus acostaos y las canuas mechilloneras...”

Ya no queda mucho de aquel paisaje urbano. Pero parece como si nuestra Avenida, de la mano del Estero, no cambiara nunca, sigue siendo igual de bella, incomparable. El Estero ha cambiado mucho, ya no corre tan libre como antes, ahora lo hace un poco afiaxiado bajo dos puentes que se conformaron como esenciales para nuestra expasión urbana a los terrenos pantanosos de Santa Gadea y para la comunicación con Canela y la Punta.

Ni el Zamboro ni el Guinga pescan ya con las manos anguillas y lenguados; ni el Cepa lanza las nasas durante la noche para ventilarse las tapas en su taberna; ni los pescadores de aparejos pasan las noches de verano esperando coger un buen rancho de anguillas para degustarla en guisos con papas en amarillo; ni están los galeones, ni los acostaos, ni las canuas, ni los botes, ni las pateras.

La vida cambia, y el paisaje urbano también. Pero el Estero sigue  ahí, emblemático, familiar, santiseña de bienvenida. Y la luz del atardecer lo saluda con toda generosidad reflejando en sus aguas la belleza de un parque precioso y celosamente cuidado.

Señor forastero, por favor, quítese el sombrero, o la gorra, o lo que lleve puesto, o si acaso haga el gesto por si va destocado, que voy a presentarle algo muy especial, algo que forma parte de la más pura esencia de Ayamonte: aquí, la incomparable Avenida, la llamen los políticos como la quieran llamar; y aquí, de su mano, inseparable, un aprendiz de río: el Estero, sin más. Y no vaya usted a creer que está soñando. Es que es así, como siempre ha sido, el santiseña de nuestra más que acreditada hospitalidad.

LA BUENA GENTE DE AYAMONTE. Carmelo García Aguilera. El último Canelero del Año.

LA BUENA GENTE DE AYAMONTE. Carmelo García Aguilera. El último Canelero del Año.

Un terrible vendaval invade con enorme violencia todos los espacios del pueblo. Los barcos, amarrados al puerto colisionan con el hormigón del muelle, y en las viejas casas el agua se filtra por los tejados. Pero donde esa violencia alcanza límites apocalípticos es un un lugar que  no conoce el descanso del perenne látigo de la indigencia más acentuada: la meseta del barrio del Peñón, la era donde se ubican un considerable número de chozas de hojalata, la corona de espinas de Ayamonte. Las Chozas, sin más.

De ese terrible lugar procede nuestro personaje de hoy. Siempre vivió contra corriente, contra marea, enfretándose a los vientos del hambre y del abandono. Tanto él como sus vecinos fueron siempre mirados por las autoridades con la lupa estúpida y arbitraria que busca delincuentes, cuando sólo eran pobres. Nada más, y nada menos. Pobres de una pobreza extrema.

En ese caminar luchando contra todo y contra todos, nuestro paisano Carmelo García Aguilera arribó un día a los arenales de Canela, otro lugar olvidado por los políticos y que ahora visitan con aires turistas. Y allí comenzó su verdadera lucha contra la adversidad, como cuando Juan el Lanchero remaba poniendo proa a Levante o a Poniente según la marea creciera o vaciara con violencia, para terminar en la orilla de enfrente.

Carmelo parece mayor de lo que es. Su rostro, su cuerpo entero, viene señalado por el estigma del trabajo sacrificado, de crudos inviernos en la costa, de abrasadores días de marisqueo, de ir quemándo su vida poco a poco en busca de la subsistencia. Pero en él quedan esos rasgos de dulzura y de paz propio de los hombres buenos, de la buena gente. La fotografía que me facilita Tapi es paradigmática. A Carmelo acaban de nombrarle nada menos que Canelero del Año, y preñado de serenidad, con la emoción contenida en sus adentros, abraza el cuadro donde figura el título quizás más importante de su vida. Cuánta satisfacción sentirá en esos momentos, esté donde esté, la buena y recordada Isabel la Jeringa, aquella mujer que desde la cocina de Barberi impregnara de exquisitos olores la calle Zamora.

Yo supongo que después de ese título a Carmelo le sobre todo lo demás, pero así y todo voy a permitirme incluirlo en esta nómina bloguera en la que figura la buena gente de Ayamonte.

LA BUENA GENTE DE AYAMONTE. Manolo Guerrero o la fidelidad cofrade.

LA BUENA GENTE DE AYAMONTE. Manolo Guerrero o la fidelidad cofrade.

Por mucho que los gamberros se empeñen en destrozarlos a pedradas, siempre es posible encontrar un espejo dónde mirarse. El mundo cofrade, tan complejo en sí mismo, tan contradictorio a veces, tan proclive a parir capillitas que rolan como el viento en busca de la ruta más apacible en ese navegar interesado y superficial, es, también, un mundo que cuando da buenos frutos los da imperecederos, como espejos irrompibles en los que puedan mirarse los que quieren seguir el buen camino, el de la entrega, la fidelidad, el amor a una cofradía.

Manolo Guerrero, antiguo icono de aquella emblemática oficina esquina Huelva-Felipe Hidalgo, la de la CNS, la de “Enfrenteelías”, que compartiera  con Vidal y con Furnier, con Fabián Santana y Rafael Losada, con Isidro, con Manolo Rosa, tareas burocráticas y algún que otro lingotazo de vino mesturao en la tasca de enfrente, la “Oficina de Elías”, acompañado de una tapa de tocino de jamón expuesto en un trozo de papel de estrasa de la tienda de Eduardo Morán y Sarita, es uno de esos cofrades incombustibles, que han hecho de la fidelidad una meta.

Su biografía, larga y fructífera en la hermandad del Santintierro de las Angustias, es paradigma de alta escuela. Es de los pocos cofrades que cuando dejan un cargo no se revuelven contra sus antiguas fidelidades. Siempre ha sido y sigue siendo fiel a sus devociones que le vienen de niño, siempre dispuesto a echar una mano.

Si en el mundo cofrade ayamontino un día se tercia llevar a cabo un cursillo dirigido a los nuevos cofrades, sería suficiente leerles, poquito a poco, detenidamente, la biografía de este ayamontino ejemplar, no sólo en el mundo de la Semana Santa, sino en toda su vida. Esos jóvenes aspìrantes sentirían sin duda, como lo hemos sentido todos muchas veces, como la sola presencia del hermano Guerrero es similar a esa calma que anuncia el final de la tormenta y dice adios a la zozobra casi inevitable, ese lenitivo que apura el tiempo del dolor para convertirlo en paz, esa ausencia absoluta de visceralidad en contraste con unas más que reconocida abundancia de buenos modos.

Que Manolo Guerrero Reyes es buena gente, no debe caberle duda a nadie. Así lo ha demostrado a lo largo de toda su vida. Y así esperamos lo siga haciendo este ayamontino integrador de sentimientos dispersos que aun siendo afines navegan por aguas distintas. Modelo a seguir. A mí así me lo parece.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Fiestas del Carmen en Canela, ayer y hoy.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Fiestas del Carmen en Canela, ayer y hoy.

Los antiguos molinos mareales descansaban de noche para asomarse a tu luz fronteriza,  como brotada de los montiños para reflejarse en las aguas mansas de tu estero, ese estero que en largo abrazo te convierte en isla.

El cuarto de los “Aliaos” servirá una y otra vez de refugio cuasicarcelario de los más pobres del pueblo cuando se anuncia la llegada de un pejegordo, un imbécil del Régimen que llega desde la capital a justificar prepotencias, dietas, a recoger parabienes en forma de especies. Bien que se aplicó, y con qué escarnio, aquella Ley de Vagos y Maleantes procedente de las Cortes republicanas y que Franco recogió con entusiasmo y aplicó sin piedad.

La patera de seño Juan va y viene, incansable lanchero. A veces llega el médico, o el practicante. La ruinosa carbonería les aguarda, y el viejo cuartel de la Benemérita, casa Belmonte, los cuartos de red. Y pare usted de contar. No es la isla, es la barriada, con todo el sabor marinero antiguo, de redes tendidas a orillas del estero, junto a docenas de cajirones, de botes anclados, de palangres y trasmallos.

Y, llegado julio, Canela, la Barriada, no la isla, irrumpe en fervores marineros paseando a su Patrona por las aguas del Guadiana en incomparable procesión fluvial que un imprudente y desgraciado incidente dio al traste. Mas tus hijos no se conformaron, y pasados los años también te procesionan en las aguas del Guadiana. No vas ahora en cubierta de ningún barco. Esa cubierta hoy son los hombros de sus vecinos. Creo que hasta es mejor así. Ya casi nadie recuerda lo otro, como afortunadamente quedó atrás la pobreza. La solana de antiguo ha dado paso a una gran carpa y la remosada ermita brilla más que nunca.

Antes fueron gentes como Belmonte, los Paisa, el inolvidable Pepe el Cartero, el querido “Largo de Canela” al que hemos despedido hace poco... ahora toman el relevo María Pérez, Mayo, Enri, y todavía la omnipresente Herminia. Canela, la Barriada de Canela, se remoza, refulge y lanza al aire una invitación festiva que cada año se supera. Y es que para hacer las cosas bien hace falta talento, y a los caneleros de hoy les sobra. Pero sobre todo, les sobra amor, a su Barriada y a su Virgen. Y eso es lo principal. Felicidades a todos, y todos con la Virgen del Carmen.

AYAMONTE, UN CALLEJERO MUY PARTICULAR. Calle Real, de Sanchito a Rompeculos.

AYAMONTE, UN CALLEJERO MUY PARTICULAR. Calle Real, de Sanchito a Rompeculos.

Será difícil encontrar un pueblo español que no presuma de tener una “calle real”. La calle real, que proviene de realeza, de lo mayestático, viene a ser sin duda la calle principal de las poblaciones, generalmente peatonal. En muchos lugares es cierto que tienen nombre distinto y propio. Por ejemplo, en Huelva, calle Concepción; en Sevilla, calle Sierpes; en Vigo, calle Príncipe. Y en otras ocasiones el adjetivo real viene a componer el nombre completo de una calle. Así, en nuestro Ayamonte la calle Galdames fue en tiempo denominada Real de los Galdames.

Se enfrentan dialécticamente dos ayamontinos. Uno, meticuloso; el otro, vivalavida. Dice el vivalavida –hoy passota-: la calle Real y la calle Cristóbal Colón es lo mismo. Y  le contesta el meticuloso: pues no. Mira, la calle Real es la que va desde la esquina de Sanchito hasta Rompeculos; y la calle Cristóbal Colón es la que va desde la esquina de Sanchito hasta el Convento. Lo que pasa es que la calle Real también se llama Cristóbal Colón. El vivalavida le contesta: passsso. A mi me lleva usted a la calle Enrique Villegas, pero no al tramo que le robaron a un médico ayamontino ejemplar, sino al otro, donde están las “boticas”.

Los paisanos de Alosno cantan a su calle Real un precioso fandango: “calle Real del Alosno, con sus esquinas de acero, es la calle más bonita que pisan los alosneros, calle Real del Alosno”.

En Ayamonte, la calle Real es santiseña de centro de la ciudad, de ahí que como decimos los ayamontinos, “to el mundo no puede vivir en la calle Real”. Aunque, bien vista la cosa, hoy vive gente como el Mayo, o sea, que nuestra calle Real se ha “plebeyizado”, porque mi amigo Mayo, aunque sea del PP, es edil plebeyo, como todos.

La incomparable postal antigua que tenemos a la vista impresiona. Nadie pensaría que esa calle es de un pueblo, que a la sazón andaría alrededor de diez o doce mil habitantes. Unas balconadas de prestigio, un ambiente francamente capitalino, efervescente, que denota una actividad comercial envidiable. A pie de suelo, un extraordinario mundo comercial y de servicios: Sanchito, el Buen Gusto, Casa Reyes, Casa Estévez, el Banco Central, cuando tener una sucursal de un banco era un lujo, Cofradía de Pescadores, Consulado...

No es que nuestra calle Real de ahora no sea atractiva, que lo es. Por mi gusto, eliminaría tanta bisutería y pondría una buena pastelería, como antaño, porque no es lo mismo una pastelería que una cafetería que sirva pasteles. Y un taller de relojería por si renacen personajes del prestigio profesional y humano de Pedrito el relojero y de Paulino. Y un tablón donde se anunciaran las películas del día, sin censuras, señal evidente de que había vuelto el cine a nuestra ciudad. Y por qué no, una tienda de lozas, con el Neneíque en la puerta salundado a los transeuntes como hacía su inolvidable padre, Enrique el Locero y posteriormente su hermano Asdrúbal. Y una botica, en lugar de una farmacia, con Casimirito pretendiendo a la hija del dueño. Y un taller de radio, con un Jopeja arreglando aparatos escacharraos. Y una zapatería como la de Alonso Delcán, epicentro del mojarreo de la calle. Y una droguería con el Canario vendiendo champú verde en bolsitas de plástico. Y escapularios en Jesusa, y abanicos en Sanchito. Y el maestro Moñito enseñando el oficio de barbero al inolvidable Pepe el Gorito...

Calle Real, la calle eternamente prestigiosa de un pueblo que se niega a admitir nada que no sea puro prestigio.

AYAMONTE, UN CALLEJERO MUY PARTICULAR. La Cuesta de Morillas: pellizcos y suspiros.

AYAMONTE, UN CALLEJERO MUY PARTICULAR. La Cuesta de Morillas: pellizcos y suspiros.

Siempre has estado ahí. Para lo bueno y para lo malo. Para la despedida de penas y nostalgias, de emigración a tierras lejanas y futuro incierto. Y también para el regreso al cabo de los años. Alfombra roja de bienvenida, eco de suspiros largamente contenidos, patena de lágrimas de emoción.

Junto a tu inseparable cañaveral, el de todos los tiempos, el de todas las generaciones, abrigaste siempre la esperanza en la vuelta de tus hijos ausentes. Por la “Verabajo” llegan ruidos de trenes que escupen carbón vaporizado que asusta a una boda de pájaros, mientras la Tuta y la Casita Blanca se miran y te miran de reojo. En tu piel de alquitrán quedaron lágrimas de dolor y lágrimas de alegría. De dolor por la ida; de alegría por el regreso. Tus perennes vecinos, la familia Madera, vio partir a muchos paisanos, y también, en días claros de esperanza, los vio regresar.

Decía  el  letrero de la pared de la casa del “Peoncaminero”, que aun faltaban cuatro kilómetros para llegar: “A Ayamonte 4 km”. Nadie pudo nunca creerlo. Porque  al  final de tu bajada el pañuelo de la patria chica se desdobla y llega al alcance de la vista la Casita Blanca y la Tuta; el viejo Matadero; los restos del Campo Cardenio; la planicie de barro seco  rodeada de retamas del Campito Fortuna; el Tiro de Pichón; la Casa cuartel de la Guardia Civil; el Estadio Municipal; las cocheras, las tapias, los vagones de la Renfe... Todo aparece cuando al final de la bajada  giras suavemente a la derecha saludando al cañaveral y a la verita abajo.

Y en ese momento, el suspiro, el hondo suspiro que desahoga una nostalagia de años y que antes más que suspiro fue pellizco en el alma. Algunos cometieron el error de llegar por la autopìsta. Esos no suspiraron. Porque el pellizco del  dolor de Ayamonte está en ti, sólo en ti. Y también el suspiro, más hondo aun, del reencuentro.

Desde la verita abajo ya no llegan ruidos de trenes. La Tuta ha sido sabiamente rehabilitada. La Casita Blanca ya no es lo que era. El Matadero es ahora un comedero de oportunidades... te queda el viejo cañaveral, la verita abajo y las viejas  casas de los Madera y de los García. Y el pellizco de los que se van. Y sobre todo, el suspiro, el hondo, sentido suspiro de los que regresan.

Nadie como tú, querida Cuesta de Morillas, sabe en Ayamonte de pellizcos y suspiros. En tu alma de alquitrán los guardas por cientos, quizás por miles.

LA BUENA GENTE DE AYAMONTE. Encarna Sayago, la inconfundible voz del "Plaza de La Laguna"

LA BUENA GENTE DE AYAMONTE. Encarna Sayago, la inconfundible voz del "Plaza de La Laguna"

A lo largo de la empinada cuesta de la Callejita el Loco, aun resuenan las agradables voces de Carmelita Orta, Carmen Castellano, Isabel Villegas y Mar Velasco, provinientes de las ondas de aquella entrañable y familiar emisora, “Radio Juventud de Ayamonte”, cuyo expolio aun permanece como herida abierta en los corazones de muchos ayamontinos.

Desaparecida aquella inolvidable emisora, los ayamontinos nos quedamos como huérfanos, hasta que, como Ave Fénix, resurgió de sus cenizas con la denominación de “Radio Ayamonte, emisora municipal”. Y Ayamonte supo  juntar aquellas voces en una sola evocación desde una atalaya que ya peina años, cual un libro de liturgias y polifonías, tal como cuaderno de bitágora y crónica diaria de sucesos, de cotilleos, de lo familiar: el ya clásico y hasta formando parte de nuestro ser, “Plaza de la Laguna”.

A su frente, la voz de la radio ayamontina que reunió en sí misma, la candencia, la dulzura, la poesía, el alma toda de aquellas buenísimas locutora que nos acompañaron allá mediados el pasado siglo. La voz, que ya no es sólo suya, que ya es de todos, de mi amiga Encarna Sayago, una gran mujer que hizo la Ruta de la Plata al revés para anclar su nave de viajera en las arenas de una barriada entonces casi olvidada, hoy próspera y refulgente, a pesar del maltrato a que ha sido sometida: la inmortal, irrepetible, Canela.

Encarna Sayago es, simplemente, la voz. Esa voz tierna, amiga, conciliadora, que nos saluda cada día desde su hijo radiofónico, predilecto e irrepetible, ese “Plaza de la Laguna”, ambulante, como nuestros “Miguelitos”, del centro a la Villa, de la Villa al muelle, pero siempre de todos y para todos.

Personalmente, tengo que agradecer a Encarna, y a su “Plaza de la Laguna”, la promoción de mis libros, el cariño que siempre puso en la tarea. A cambio, siempre estuve “a sus órdenes”, - Trini, tienes que venir el Miércoles Santo a comentar la estación de penitencia- y allá que iba el Trini, porque Encarna no se lo pedía, se lo ordenaba: tienes que venir.

Sé que Encarna me tiene gran afecto, pero también es cierto que ese afecto lo deja de lado cuando está presente mi mujer, su Rosita, a la que seguro quiere más que a mí, y yo me alegro por ello.

Hoy en Ayamonte hablar de Encarna es hablar de Radio con mayúsculas, ese medio de comunicación del que se auguró iba a desaparecer con la llegada de la televisión y después con internet. Como también se auguró la desaparición del libro. Nada de eso ha ocurrido, afortunadamente. Y la voz de Encarna, esa voz tierna, cálida, envolvente, seguirá deleitando nuestros oidos desde las ondas de un “Plaza de la Laguna” que ya sale como un componente más en sus analíticas.

Dudar de que Encarna Sayago forma parte de la nómina de la buena gente de Ayamonte sería poco menos que pecado. Yo, al menos, la incluyo y me quito el sombrero.

LA BUENA GENTE DE AYAMONTE. Pepe el Mahoma.

LA BUENA GENTE DE AYAMONTE. Pepe el Mahoma.

Asomado a su familiar atalaya-terraza de la calle Córdoba, mi amigo Pepe Domínguez, Pepe Cristóbal...Pepe Mahoma, sueña nostalgias de otros tiempos menos cómodos pero inolvidables. Piensa en su calle Lepe o calle Huelva, en aquella casa vecinal de la que el bueno de Pepe el Guadacampos salía cada mañana al amanecer a la árdua tarea de preservar las ricas higueras ayamontinas, y los envidiables habales, de la voracidad del hambre. Con lo grande que es el campo y le endilgaron la tarea de guardarlo todo. Pepe el Guardacampo era también Pepe Cristóbal, como su padre y abuelo de nuestro homenajeado. Así que entre Pepe Cristóbal y Pepe Mahoma anda asomado en el balcón de la calle Córdoba y a la vez asomado a su propia vida, que él creerá corriente, pero que no lo es, porque ser durante toda la vida una persona excelente,  ser bondadoso permanentemente, servicial cuando le demandan algo, no es nada corriente. Es, desgraciadamente, la excepción.

Lo de Mahoma le viene por una broma de un excelente amigo común, el recordado Manolo Vázquez Cardoso debido a una confusión que tuvo Pepe al citar nombre de reyes o de santos, no recuerdo bien, entre los que incluyó al profeta del islam. Y ahí quedó el Mahoma para los anales.

Como era hijo de Pepe el Guardacampos tenía que encontrar una compañera  hija de alguien con un apelativo, y escogió por fortuna para él a una gran mujer, compañera inseparable, que vino a ser la hija pequeña de Castelito el Barbero.

Les observo y admiro esa serenidad, esa complicidad que les une. Ultimamente se han vuelto forofos de nuestro Ayamonte CF.

Pepe Mahoma nos brinda cada día su buen humor, su amabilidad, su bondad acreditada. Para mí es un icono de mi niñez. Después el tiempo y las necesidades de cada uno nos separó en el tiempo y en el espacio, que no en los sentimientos. Hoy le sigo teniendo como un estupendo amigo. Y si no me equivoco, él a mí también. Ojalá. Es que soy así de agoísta: me gusta ser amigo de la buena gente de Ayamonte.

MOJARREANDO: La torre furtiva.

MOJARREANDO: La torre furtiva.

Se asoma como furtiva, temerosa a ser vista, a que los malvados de los paños de ocultaciones la vean y tomen medidas de sastres diabólicos. Se asoma con timidez, o con la astucia de “como el que no quiere la cosa”. Entre palmeras, farolas y el azul de un cielo que llora porque desde otros lugares no la distingue.

Pasa como con el río. A la torre de las Angustias, alta, esbelta, bastante simple en su composición arquitectónica, pero bellísima desde la belleza de lo sencillo, la han ido ocultando poco a poco, de forma traicionera. Ahora aparece otro monstruo del cemento y la especulación en esquina Lusitania-Cervantes, -dí la esquina de José Salvador y terminas antes, me espeta el enano infiltrado que en todo se mete-, y desde Trajano tampoco se divisa ya la torre. Todo es gigantesco a su alrededor, solo la salvan esas entrañables escalinatas que la aupan fuera del alcance de los progresistas, de los que creen que cuando  un pueblo parece una capital  se sale ganando.

Manolo Landero la fotografió de noche, esplendorosa en su iluminación artificial que en nada confunde la luz natural de la noche ayamontina. Parece imposible que puedan ocultarla más, aunque siempre nos quedará el recurso de acercarnos hasta las cadenas de nuestros cosquis de antaño para contemplarla, admirarla y amarla. No le sobra nada, no le falta nada, su sencillez es pura generosidad para el embeleso y la contemplación mientras degustamos unas exquisitas tapas en el Costalero y  Cortada.

Es ella, nuestra torre de las Angustias, que desde la Laguna se nos muestra casi furtiva, abriéndose paso entre viejas palmeras y farolas románticas, abrazando un cielo que en Ayamonte es más azul por ser a la vez cielo y mantilla de una mujer andaluza que cada vez viste más de zara y de mercadillo y utiliza menos la pañería de Manolito el Lápiz. Son los tiempos nuevos, esos que quieren a toda costa los modernistas a ultranza, los adalíes de una modernidad que a ningún sitio conduce, y que han convertido a la torre de las Angustias, antaño omnipresente, en furtiva y tímida.

MOJARREANDO. ¿Qué fue de nuestro Corpus Chico?.

MOJARREANDO. ¿Qué fue de nuestro Corpus Chico?.

Un ligero, fugaz vistazo al Muñeco Diabólico, nos trae estas noticias: Corpus Chico, día grande en Triana; miles de personas arropan al Corpus Chico en los barrios de Sevilla: los de Triana, la Magdalena, San Isidoro y las Siete Palabra, acumulan multitud de fieles; León celebra su Corpus Chico recuperado en 1937; procesión del Corpus Chico en Toledo; el Corpus Chico regresa a las calles de Burgos; Corpus Chico en el Realejo. En algún lugar de la vieja Castilla le llaman cariñosamente el Curpillo.

Atención, pregunta: ¿dónde quedó el Corpus Chico de Ayamonte, el del Salvador, el de la Villa?. Porque lo que ahora vemos poco o nada tiene que ver con el tradicional “evento”. Claro, que como ya no está de concejal la Gema, ya no hay eventos, será por eso.

Lo cierto es que el Corpus Chico desapareció en Ayamonte, como el Baluarte de las Angustias, el  Castillo, el Centro Sanitario Antonio Massoni Jesús, el Hospital de la Caridad, la antigua Caseta Municipal, la Casa Colorá, el Pozo de los Almendros... mediante derribo. Como suena, ni más, ni menos. Un día se levantan los reformistas de la cosa y se dicen: ¿por qué tenemos que ser nosotros como Sevilla, Toledo, León, Granada, Burgos con esa prosaica actividad del Corpus Chico, que suena a cateto con lo avanzados que somos?. Nosotros, a lo grande. Así que en Ayamonte ya tenemos dos Corpus grandes, uno en sábado y otro en domingo.

En Ayamonte ya no podemos hablar de Corpus Chico, ni tampoco relatar aquella coplilla de siglos: tres jueves hay en el año que relucen más que el sol...

Sin embargo, no todo es igual, por muy grandes que sean ambos Corpus. La Ribera, más avanzada y progresista, vuelve al palio;  la Villa, más rural y conservadora, prefiere el paso. Y no sé  por qué extraña razón, en todo caso nada comprensible, en el de abajo van todos los concejales y en el de arriba tiene lugar un considerable recorte. Algo queda del Corpus Chico, que diría un escrupuloso observador.

Hace unos días me paró una señora y me preguntó para cuando mi próximo libro de “cosas de Ayamonte”. Como este artículo lo tenía ya en mente, le contesté: muy pronto, señora, me lo están poniendo en bandeja, escribiendo sobre esas “cosas” que Ayamonte se dejó perder, ese nuevo libro se escribe solo. Al tiempo.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Las capillitas devocionales domiciliarias.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Las capillitas devocionales domiciliarias.

El don de la ubicuidad lo tiene sólo Dios. En algunas o en muchas ocasiones,  ese don es practicado por políticos populistas, que no es  mala cosa en sí. (Recuérdese al efecto la omnipresencia del anterior alcalde,  Rafael González, el popular y populista Catarro, que lo mismo presidía la procesión de la Patrona que una muestra de arbiñocas en el quiosco del Pitingo, práctica que por cierto ha heredado mi dilecto Antonio Rodríguez Castillo). Es así, no le demos más vuelta. Y no es malo per se. Se trata de la segunda acepción que del término ubicuo  nos ofrece el diccionario. “Dicho de una persona: que todo lo quiere presenciar y vive en contínuo movimiento”.

Dios a veces delega, si no la ubicuidad, sí al menos su presencia entre sus hijos. De mil maneras. Pero hoy vamos a fijarnos en una que fue muy popular en España e Hispanoamérica y hoy prácticamente en desuso: las capillitas domiciliarias de vírgenes y santos.  La Virgen María en muchas advocaciones: Fátima, Milagrosa, del Carmen. San Antonio, san José,  san Judas Tadeo, etc.

Eran unas coquetas capillitas, generalmente de madera, con dos puertas, una imagen...y una hucha para depositar en ella el donativo por los beneficios recibidos debido a la santa presencia en el domicilio particular. En cuanto a la hucha no hay que dar muchas vueltas para intuir su procedencia: seguro que lo inventó un cura, por mucho que el padre Carlos, nuestro párroco general,  no lo quiera reconocer. Que le pregunte a su asesor seglar, el ínclito Paco Cecilia si quiere salir de dudas.

La verdad es que las citadas capillitas eran esperadas con ansias, con ilusión, en los hogares, sobre todo por unas mujeres piadosas que encontraban en la íntima relación con la imagen cierto consuelo que provenía de esa fe sencilla que a veces se nos hace difícil entender.

Todavía en algunos lugares persiste la costumbre. Concretamente en San Juan de Aznalfarache,  pueblo donde habitualmente vivo, suele visitar los hogares que lo demanden una capillita de la Virgen del Rocío.

No sé si en Ayamonte se practica hoy tal costumbre. Seguramente de eso sabrá mucho mi admirado Joaquín Casiñas, especialista en liturgias costumbristas, capaz de reavivar una vez cada año el recuerdo de un ayamontino  santo y mártir, nuestro beato Vicente Ramírez de San José, que después de morir en un horrendo martirio se quedó sólo en eso, en beato. El pobre ni siquiera tuvo la ocasión de afiliarse al Opus Dei. Lástima.

¿Y sí algún devoto decide hacerle a nuestro beato una capillita y llevarla por las casas de Ayamonte?. A lo mejor nos llevábamos una sorpresa. Agradable, se entiende.

MOJARREANDO. El cartel del Carmen, para quitarse el sombrero.

MOJARREANDO. El cartel del Carmen, para quitarse el sombrero.

Ya iba siendo hora de que alguien se bajara del caballo de la presunta modernidad, del siempre sobado “impresionismo” al uso, en virtud del cual cada pintor haciendo de su capa un sayo pinta como le viene en gana y nos presentan carteles verdaderamente esperpénticos. Queda, en sumo, el mínimo respeto personal, pero nada más.

Cuando se elabora un cartel anunciador de un acontecimiento importante y además trascedente (Semana Santa, Angustias, Salvador, el Carmen, etc.), se debe tener en cuenta aquel refrán que reza que una imagen vale más que mil palabras, y renunciar al ego o parte de él en aras al bien común. No suele ocurrir así en muchas ocasiones y entonces pasa lo que pasa. Algunos pintores creen que un cartel es un cuadro de determinadas dimensiones, que se lleva a una imprenta y se reproduce, y así nos va. Un cartel es un cartel, o como diría un ayamontino castizo: una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa.

Mi buen amigo José María Romero, “Tapi”, ha elaborado desde el arte fotográfico que maneja con soltura y buen gusto, el cartel anunciador de las fiestas de Nuestra Señora del Carmen de Canela. El cartel ya fue presentado y no voy yo a añadir nada nuevo a lo que ya se dijera con autoridad y conocimiento en tal acto.

Me queda añadir que, a mi gusto, que es tan libre como cualquier otro, me parece un magnífico cartel, eso he dicho, cartel. Porque lo representa todo de un vistazo: la Virgen, la Patrona de los Marineros; la mujer andaluza representada en el traje de gitana (ni flamenca ni faralaes); el estero, el querido estero de Canela con sus barcos como esencia de la vida marinera ancestral;  la luz, el cielo ayamontino, y ese ambiente festivo y a la vez de sudor, de trabajo, de marinería que late en cada extremo del mismo.

Tapi se ha lucido, como en tantas ocasiones. Su arte para el cartel debe ser ejemplo a seguir. Y la decisión tomada por la Asociación me parece muy válida, sus miembros deben sentirse orgullosos por el acierto. Van poco a poco avanzando en ese proyecto que ya sentimos cerca, el de crear una auténtica hermandad en cuyo seno quedaría incluída sin ningún problema la actual asociación. Suerte a todos y repito, enhorabuena.

AYAMONTE, UN CALLEJERO MUY PARTICULAR. El Solá, o la belleza inquebrantable.

AYAMONTE, UN CALLEJERO MUY PARTICULAR. El Solá, o la belleza inquebrantable.

Los nuevos magos, los del cemento y el ladrillo, camuflados con capa de encantadores, revestidos de luminarias a pilas, que ni siquiera se inmutan con el fulgor de un atardecer de llamas y rescoldos sobre una patena de aguas mansas, decidieron un día, previo acuerdo infuso y diabólico, echar paños infames de hormigón disfrazados de muros encalados sobre un barrio de tejados musgosos, de gatos domiciliados, de pana sudada, de bravas espigas, de olor a tahona añeja, de aguas frescas de manantiales urbanos, de torre y espadañas, de viejas escuelas, de vinos bebidos a tropezones, de brocales de pozo gastados por  cuerdas en manos de rudas y bellas mujeres, de baldeos al atarceder, de un bravo pastor lusitano conviviendo con el apóstol de una secular amargura, de cuna de niños expósitos, de patios ajardinados de flores y de tertulias vecinales, de carreras de sacos y huevos, de ermita sin ertimaño, de saeteros de señas y madrugadas, de machín de copas y caballitas de ultramarinos...y se quedaron tan tranquilos, con las alforjas llenas y habiendo repartido parte del botín entre los consentidores del expolio.

Pero con los barrios añejos, con el paisaje urbano arraigado desde siglos en los corazones de quienes se acomodaron en su cuna, pasa algo así como con aquella planta del jardín ya medio olvidada, la que hemos dejado de regar e incluso de ver, y que un día la observamos por entre medio de pinchos y jaramagos; de hierbajos absorbentes; de caracoles vacíos; de hojarasca  traída por los vientos;  de alguna espina que el gato domiciliado dejó abandonada por jartura, esbelta, desafiante a los tiempos y a la infamia de los que la abandonaron y es más, pisotearon sin pìedad.

Cuando uno llega de vez en cuando a la plaza del Salvador, al viejo y entrañable Solá, no tiene más opción que aposentarse en uno de sus viejos poyetes y quedarse durante largo tiempo extasiado con la vista clavada en la pared lateral de la iglesia desde la que parece hablarnos con lenguaje de siglos y de historias locales la bellísima Puerta del Perdón. Después, ya puede uno marcharse con las alforjas llenas de nostalgias y embelesos.

 Y es que, a pesar de los infames que tratan de destruirla para su  provecho egoista, la belleza no tiene fecha de caducidad. Incluso cuando la destruyen del todo permanece en nuestras pupilas, en nuestros corazones, en nuestras añoranzas, inaprensibles a los depedradores.

MOJARREANDO. Cainismo patrio.

MOJARREANDO. Cainismo patrio.

Sabido es, y por tanto no soy el primero en decirlo, que nuestra querida España –nacionalistas aparte- es tierra donde anida una trilogía antropológica: el pícaro, el envidioso y el cainita.

El pícaro cae bien por su ingenio, por su arte para el engaño, para el timo, para ganarse la vida sin pegar palo al agua; es simpático, locuaz, hasta comprendido. Convence con facilidad.

El envidioso suele disculparse a veces, ¿quien no lo es?, suelen decir. (Es como los borrachos o los drogadictos de la alta sociedad cuando dicen, ¿quien no se ha tomado una copa, o quien no se ha fumado un porro?). También alegan la excepción de la llamada y sobada “envidia sana”. Pueden hasta convencernos.

Pero, ¿qué me dicen del cainita?. Este no tiene escapatoria. La Lengua más hermosa de la tierra nos define el cainismo como una actitud de odio o fuerte animadversión contra los allegados o afines.

Después de cuatro años al frente del Ayamonte CF, mi buen amigo Manuel Rodríguez Gómez, Manolo Camilo, deja el club desengañado de tanta promesa incumplida y con las alforjas bien desocupadas que su generosidad y entrega al club fue vaciando en el caminar. Como es protocolario y necesario, Manolo Camilo se hizo acompañar de un determinado número de directivos- colaboradores.

Ahora le ha llegado el relevo a otros ayamontinos. Y un grupo de ellos se ha decidido a tomar el timón de este barco tan querido y tan difícil de llevar sobre todo por razones económicas.

¿Y qué creen ustedes que está pasando?. Pues lo esperado: algunos de los directivos salientes –y he tenido ocasión de ser testigo presencial, lo que suaviza el contenido mojarrón de este artículo- andan ya metidos a agoreros- :“no terminarán la temporada, no llegarán ni a la primera vuelta”- y cosas por estilo espetan en los foros donde la mojarra abunda.

Cainismo puro servido en estado de pureza. Con razón se dice que cada pueblo tiene lo que se merece. Esperemos que en esta ocasión el viejo refranero haga un aparte y no nos meta en el mismo saco. Suerte para la nueva directiva. Y para  mi amigo Camilo, a ver si recupera al menos parte de lo hasta ahora perdido.