AYAMONTINOS INOLVIDABLES. El Maestro Bustamante.
A veces, las buenas personas tienen que lidiar en la vida faenas muy desagradables, unas veces de forma voluntaria, otras desde el terreno de lo profesional. Antonio Gil Bustamante, el maestro Bustamante. como popular y cariñosamente era nombrado, se echaba cada día a sus espaldas la muy desagradable, pésima, infame, pero a todas luces inevitable tarea de, a través de un volante, creo recordar de color crema o rosado, anunciar a un pobre e indefenso paisano nada más y nada menos que tenía en el banco una letra de cambio pendiente de pago. Casi nada, maestro.
Fue por esos años de la infernal letra de cambio cuando le conocí, en un primer momento como niño que lo veía pasar con su cartera bajo el brazo; más tarde pude acercarme a él, ya de joven, en la Milagrosa, y nuestra relación de amistad y admiración hacia él ocurriría llegado la mitad de los cincuenta del pasado siglo cuando, en el viejo Instituto Laboral trabé amistad, que por cierto perdura, con su hijo José Antonio, para entendernos, Pepito Bustamante.
El maestro Bustamante es sin duda el icono de la música más recordado por los viejos ayamontinos, sólo comparable con el inconfundible carisma que en el recuerdo queda igualmente de su incomparable colega y amigo Horacio Santos Cabo. Horacio y Bustamante, Bustamante y Horacio, era imposible nombrar a uno y no hacerlo con el otro.
El maestro Bustamante fue el gran artífice de la muy recordada Rondalla de la Milagrosa, que me permito escribir con mayúsculas por todo lo que significó para los jóvenes y niños ayamontinos de la época, y su figura, su presencia, era imprescindible en el teatro Cardenio durante aquellas inolvidables veladas de espectáculos musicales de aficionados, de artistas ayamontinos que perduran en el recuerdo, como aquel dúo que componían Mari Carmen Jiménez y Mari Loli Muniz, que en más de una ocasión serían presentadas por locutores ayamontinos como los de la foto, Isabel Villegas e Ignacio de Jesús
Muchas veces estuve en su casa de la calle Sevilla –también vivió en calle Marte, que si no lo digo se me enfada el Núñez, su antiguo vecino- y me deleité oyéndole tocar la guitarra e incluso allí ensayamos más de una vez los componentes de un cuarteto musical juvenil al que pertenecí junto a Pablo Domínguez, Jesús Andray y su propio hijo Pepito Bustamante, en la cariñosa presencia de aquella gran mujer que fue su esposa, la querida y recordada Pepita Fernández.
Hoy, afortunadamente, nuestra ciudad cuenta con una abundante cultura musical: coral, coros, comparsas, bandas de música… pero, francamente, sin el recuerdo del maestro Bustamante no se puede entender el mundo de la música en aquel romántico e inolvidable Ayamonte de mediados el siglo XX.