AYAMONTE EN EL RECUERDO. Sueño ayamontino.
Anoche, en sueños, se me apareció Ayamonte. Y lo hizo en sus más puras esencias. Con una morfología de tiralíneas e inmaculada blancura, dejándose abrazar por su amor de siglos, el más fiel de todos, el de su río.
Hacía tiempo que había huido del modernismo a ultranza que la abocaba a una fisonomía de capital con desprecio a sus esencias de pueblo; de los tópicos al uso; de unos puertos deportivos con barcos atracados a modo de res derelictae como fotocol de señoritos venidos a menos; de carnavales de Cardenio que añora al ayamontino que arrebató una calle a otro paisano ejemplar y que sólo se acuerda de su tierra por las agostos de sus intereses de glorias y cobranzas; del progresismo a modo de cuchara que todo lo excava y nada rellena; de los horrores de unas moldes de ladrillos allá donde convivían retamas blancas con camarones, arbiñocas y almejas, un lugar donde se sigue saludando, a pesar de todo, al sol de ponientes imposibles.
Soñé que volvía mi Ayamonte de la nostalgia, sin el “puertaespaña”, sin “costaesuri”, con estero y sin dársena de barcos de recreo anclados en la ruina de sus propietarios. Le vi como un perfecto plano que había que pasar a papel cebolla bajo la dirección magistral del recordado don Justo, con compás y tiralíneas cargados de tinta china; con su río manso y generoso, con su estero de siempre que le abrazan en la “esquina el huelvano” y alarga sus brazos hasta rozar con la yema de los dedos la curva del astillero y las planchas de madera de las viejas fábricas de la Plazoleta y Buscarruidos.
Anoche soñé que había vuelto Ayamonte, y le vi como en un hermoso, incomparable plano de perfección, en blanco y negro, en el blanco y negro de mi niñez. Y me habló de sales y de cales, de sardinas cocidas en “Indemar” y café recién echo anca “Manolito el del quiosco”, de jeringos de Rolegio, de camarones traídos a diario de sus esteros por Juan “el Mutilao”…
Anoche soñé con Ayamonte, y le vi en blanco y negro, rayando la perfección, como una patena blanca bajada del mismo cielo para posarse en la mansedumbre de su río de siempre.