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Mojarra Fina: El Blog de la Mojarra Fina Ayamontina

Ayamonte en el Recuerdo

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Imprenta Papelería Ibérica.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Imprenta Papelería Ibérica.

Siempre que acudimos a la frase “se juntan el hambre con las ganas de comer”, lo hacemos en sentido negativo: en una época de rabiosa sequía –hambre- se presenta una tormenta que inunda los campos y termina con la poca siembra que quedaba –ganas de comer-.

Pero en esta ocasión el hambre y las ganas de comer se juntaron para bien. Y me explico. Dos ayamontinos, uno experto en gestión de empresa, y otro, técnico en el oficio de impresor, unieron esfuerzos, ganas, ilusiones, y en un Ayamonte de mediados el siglo XX, carente de muchos servicios, abrieron en la calle Médico Rey García –siempre la nombraremos así los ayamontinos a pesar del expolio de que fue objeto el buen médico ayamontino en beneficio de un carnavalero experto en trincar- abrieron un negocio a todas luces necesario para el común de los vecinos y especialmente para los empresarios. Y le pusieron un nombre meticulosamente estudiado y con gran acierto: Imprenta-Papelería Ibérica.

Manuel Pérez Bautista, o Manolo Bautista, o Bautista a secas, era aquel gestor empresarial, no en balde era la mano derecha de las empresas de los hermanos Botello Suárez. Por su parte, Fernando Domínguez era el maestro impresor de la desaparecida Casa Cuna. El tandem era ideal, y prueba de ello es la longevidad de la empresa, aunque ahora se nos aparezca vetusta, o mejor, clásica.

Por mor del indomable afán cofradiero de Manolo Bautista, su despacho existente detrás del tabique que separaba la entrada a la papelería y mostrador con los talleres, y que aun perdura y en el que podemos ver a su hijo Paco Pérez Domínguez, fue siempre una especie de “sacristía cofrade”, al igual que la de Jesús Castellanos en “Los Caminos” y “Noemi”. Aunque entraras al negocio para hacer un encargo de imprenta, terminabas siempre hablando de Semana Santa. Y si no entrabas a la oficina, tampoco te librabas, porque Manolo tenía ubicado un gran espejo a través del cual veía a la gente que entraba a la tienda de papelería. “Hombre, Trini, no te hacía en Ayamonte, pasa un momento”, Yo miraba a un lado y a otro temiendo una cámara indiscreta. No era eso, era el espejo.

Hace un par de tardes pasé por la puerta de Imprenta-Papelería Ibérica y con tristeza ví colocado un cartel que decía “se traspasa”, y enseguida me di cuenta de lo que pasaría: un icono empresarial ayamontino iba a desaparecer, salvo que quien sea el futuro traspasado mantenga el nombre y el negocio. El amigo Paco me explicó detalladamente las razones de tal decisión, pero eso queda en la intimidad. En todo caso, son perfectamente comprensibles. Yo, en su caso, haría lo mismo.

¿Se nos va Imprenta-Papelería Ibérica?. Puede que materialmente sí, pero nunca en el corazón, en el recuerdo de los ayamontinos que la vimos nacer y crecer, y permanecerá eternamente unido a su calle de siempre : Médico Rey García.

AYAMONTE EN EL RECUERDO: El sueño de don Pruden.

AYAMONTE EN EL RECUERDO: El sueño de don Pruden.

Si no me equivoco, la foto ilustrativa del artículo debe ser de principios de los años sesenta del siglo pasado. Y digo ello porque se ve la dársena recién construida, sin apenas barcos todavía en su interior; el Salón aun sin edificaciónes, aunque ya de vislumbra la tierra removida en la construcción de nuestro emblemático parque Prudencio Navarro; el estero sin cerrar por la Curva del Astillero, todo muy incipiente en relación con el gran cambio que sufrió Ayamonte a lo largo de dicha década. Cierto es que se ganó mucho, principalmente con el nacimiento de la barriada de Santa Gadea, el gran pulmón de la ciudad hacia el Sur, y se perdió también bastante, sobre todo la estampa irrepetible del estero de la Ribera con los barcos atracados en época de vendavales.

 

La estampa en cuestión nos trae al recuerdo a los viejos ayamontinos el sueño inquebrantable de un ayamontino inolvidable, Prudencio Gutiérrez Pallares, don Pruden, sueño de ver las viejas marismas del Salón de Santa Gadea convertidas en populosa y próspera barriada.

 

Ya se habían construido el cuartel de la Guardia Civil y el todavía denominado nuevo Instituto Laboral, con lo que Ayamonte comenzaba también a extenderse hacia el Este. Lo peor de ello fue la desaparición del siempre recordado y añorado Etadio Municipal, el campo de fútbol de todos los ayamontinos de todo un siglo.

 

Con la transformación descrita se vio cumplido el gran deseo de don Pruden, que junto a la desaparición de las chozas del Peñón y la construcción de las casas del Arrecife, fueron los dos grandes sueños de su vida.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los higos chumbos coloraos del Callejón Largo.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los higos chumbos coloraos del Callejón Largo.

Había que recorrerse, desde el Arrecife hasta San Sebastián, el desaparecido Callejón Largo, hoy transformado en un Camino de la Noria que seguimos sin saber a qué noria lleva, lo cual que, dicho honradamente, ha facilitado muchísimo la comunicación entre la Villa y la Ribera.


Durante ese recorrido, cuchara sopera en ristre para evitar los pichazos de las estuneras, cogíamos caracoles y caracolas, que en general son denominadas cabrillas, pero los ayamontinos preferimos dejar para las cabrillas las quemaduras sufridas por las mujeres en las piernas con la copa de cisco y de tierra.


En el mismo lugar cogíamos malvas, no para hacer infusiones precisamente, sino para jamparnos el pezoncillo dentral, cosas del hambre que diría uno.


Pero el bocado más apetecible del Callejón Largo eran los higos chumbos coloraos. Con una navaja que también serviría para abrir piñones, los pelábamos y comíamos en abundancia. Lo más divertido de todo resultaba cuando cagábamos en el mismo campo...y colorao. Se solía decir que no eran buenos para la salud, pero salvo alguna diarrea no conocí nunca enfermedad alguna derivada de su degustación.


Las generaciones nuevas cuando leen o escuchan estas historias pensarán que son batallitas de los carrozas. Serán porque no sufrieron el hambre que sufrimos nosotros, hambre que se mitigaba con aquellos higos chumbos coloraos, o robando en el campo los otros hijos, los de las higueras comunes, o yendo al rebusco de habas. Tal era el hambre que en la vieja Jurisprudencia se acuñó un término como eximente o atenuante de la responsabilidad criminal: el hurto famélico.


En el Callejón Largo ya no hay higos coloraos ni gañafotes. El único gañafote de aquellos alrededores ya sabemos quien es: cañafote es y trabaja en la Ser. Un saludo, Godovi.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. La caza del caballete.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. La caza del caballete.

El Núñez ha dejado atrás la calle Marte y enfila el Arrecife para bajar por el Callejón Corto buscando el Muelle de los Bloques y después el de Portugal, hasta llegar al patio de la fábrica de los Pérez, el que da acceso a las escaleras para subir a las oficinas. Ya en ellas espera a que salga de su despacho su cuñado, Emilio Barroso, quien le trae unos cordeles ya con los lazos hechos y que le ha facilitado el maestro redero Pepe el Sordo.

Con los cordeles en los bolsillos, vuelve a cruzar el patio y de camino coge un puñado de cristalina de una vieja caldera de un galeón y lo mete en un cartucho de papel estrasa previamente preparado. Llegado un momento cogerá descuidados al Pihiito, al Pargana y al Franquito y les echará la cristalina por el cuello. El picor y el posterior escozor son de campeonato, pero no hay protesta ni revancha, se trata de una broma, bruta, pero broma al fin y al cabo.

La patrulea sube a la patera de Paco el Lanchero para, a lo largo del Muro de Canela, llegar hasta la playita del Salón. Lo hacen durante la bajamar, único momento posible para la tarea que se disponen llevar a cabo: la caza del caballete.

Alrededor de la cueva del cangrejo caballete, conocido también como cangrejo violín, hunden el lazo hecho en el cordel, con el nudo orientado a tierra, donde se sitúa el cazador cogiendo el tiro. Cuando el caballete aparece, se tira del cordel, que aprieta la gran boca del cangrejo, se jala y cuando lo tiene en su poder le arranca la boca y lo deja libre. Misteriosamente la boca se reproduce, por lo que podrá ser nuevamente cazado con el lazo. Después, a cocer las bocas y a comérselas acompañadas de un vasito de vino en la tasca de Verísimo (llamado también como Brísimo) el portugués, en la entonces calle Capitán Cortés.

En otro momento hablaremos de la degustación de los ricos higos chumbos coloraos de las estuneras del Callejón Largo. Menos mal que en aquellos tiempos no vivía por allí el Godovi, que seguro acabaría con todos aunque luego se llevara una semana seguida cagando colorao.

Qué tiempos.

AYAMONTE EN EL RECUERDO: La Hoja del Lunes.

AYAMONTE EN EL RECUERDO: La Hoja del Lunes.

En los tiempos de “la Oprobiosa” los lunes no salían los periódicos. Bueno, uno sí, era del grupo de la Prensa del Movimiento y se llamaba “Hoja del Lunes”. Era como si hoy vas a la plaza de abastos un lunes y sólo te encuentras abierta la pescadería del Paiño. Una cosa así, más o menos.

Pero en Ayamonte la Hoja del Lunes era esperada con ansias por los aficionados al fútbol y especialmente por los seguidores del Ayamonte C.F., especialmente cuando el equipo había jugado fuera el domingo anterior. Así, era posible leer la crónica del partido, y las de todo el grupo de la señera Tercera División.

Sólo se podía adquirir en un sitio: la imprenta Hidalgo, la del matrimonio compuesto por mi tío Joaquín Flores y Esperancita Hidalgo. Llegaban justitas, es decir, que entregadas las suscritas quedaban muy pocas para la venta libre, de ahí que se formara cada lunes una importante cola. Yo trabajé con mis tíos una temporada y despaché muchas Hojas del Lunes, hasta que decía a las gentes: ya no hay más. Empezábamos a venderlas sobre las 4 de la tarde, pero a las 3 ya había gente haciendo cola, de suyo uno de los primeros en llegar a la cola era el Núñez, que se la compraba a su padre, el “Padre Juan”, que se llamaba José, para que la leyera en la mar.

La Hoja del Lunes tenía una particularidad. Me explico: lo mismo que en tiempos se reciclaba el aceite pasado de frito para hacer jabón, yo creo que los de la Prensa del Movimiento reciclaban todas las tintas gastadas de todas las imprentas para imprimir la Hoja del Lunes, pues de otra forma no se explicaba uno que después de leerla tuviésemos que echar mano de un estropajo y un poco de “trisodín” o jabón portugués para lavarnos las manos, que es lo que hacen el Gago y el Leviria para quitarse las manchas de pintura de los monos.

Qué duda cabe que la Hoja del Lunes supone un imborrable recuerdo de nuestro reciente pasado, y que a pesar de sus deficiencias, los mayores la recordamos con cierta nostalgia.

AYAMONTE EN EL RECUERDO: Antigua cuadrilla de cargadores de Semana Santa.

AYAMONTE EN EL RECUERDO: Antigua cuadrilla de cargadores de Semana Santa.

Es más que sabido que extrapolar situaciones de un momento histórico a otro resulta siempre tarea baldía: ¿Sería Julio César hoy tan buen general en un mundo de aviones invisibles, un quinto de Caballería mecánico y misiles teledirigidos?; ¿marcaría Zarra tanto goles con los sistemas defensivos de hoy?; ¿qué llegarían a conseguir con los medios de que hoy se dispone gente como Einstein o Leonardo da Vinci?. Imposible de saberlo, por eso, con este artículo no pretendo hacer comparación alguna, aunque a algunos amigos les he enviado la foto que ilustra este artículo y de broma les he formulado la siguiente pregunta: ¿qué harían  los capataces de ahora con una cuadrilla como ésta?.

Y es que nos encontramos con una de aquellas recordadas y entrañables cuadrillas de cargadores de nuestra remota Semana Santa. Casi seguro que se trata de la cuadrilla de mi tocayo Trini Rasco, pero aunque no fuera así, sería la de Joaquin el de la Morra, por ejemplo; en todo caso siempre eran los mismos, que por imperiosa necesidad cargaban todos los días.

Algunos llegaban a las puertas de los templos con la incertidumbre a bordo, porque a lo peor no había sitio para ellos. Como se ve, cargaban sin uniformidad alguna, con lo puesto, con la misma ropa con que venían de trabajar del muelle o de una fábrica o de coger arbiñocas o longuerones. Cuando pronuncié el pregón del 75 aniversario de la hermandad de la Sagrada Lanzada les dediqué un capítulo y los comparé con aquellos a que se refiere el Apocalipsis: “son los que vienen de la gran tribulación”.

A fuer de equivocarme y de quedar la cosa incompleta, voy a dar nombres y apodos de los presentes  con el deseo de que alguien me rectifique y llene mis lagunas:

Abajo de la foto vemos a Angel el Bizco del Banderín, al Picón, a Pepe el Estripaó, a Rafalichi Mena y a uno de los hermanos Besugo. Detrás identifico a un hermano de Pepito el de la Sevillana, a Esteban el hijo de Leopoldo el de los cupones, al hijo de un barbero ambulante conocido por el Guinga y a Antonio el Petaca. Ya de pie distingo al Villablanquero el pintor, a Pedro el latero, a uno de los hermanos Catufo de las chozas del Peñón, al Lena y al Farol, y muy a la derecha un señor mayor que creo que es el Chispa. Y detrás del todo, veo a mi buen amigo y recordado Jesús el Naní, a Redondo, que estuvo muchos años en el Norte, al inolvidable Carmelo el Clon,  y a Enrique el gitano con su inconfundible cabellera.

Fueron tiempos muy duros, durísimos para todos, pero especialmente para ellos, los más pobres. Han quedado en nuestro recuerdo y yo no me canso de volverlos a recordar.

Redacción: TRINIDAD FLORES CRUZ.

Asistencia técnica: JAVIER MARTÍN MARTÍN.

Documentación gráfica: JOSE MARÍA ESTÉVEZ ROMERO “TAPI”.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los artífices de la Barriada de Coema.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los artífices de la Barriada de Coema.

Sabido es que en nuestra Provincia somos proclives a poner motes, a llamar a las cosas de manera distinta a la realidad. Desde que fue construida la vieja y desaparecida Residencia Sanitaria de Huelva, nunca fue citada ni nombrada así. La entidad sanitaria fue construida por la empresa “Agromán”, y por ese nombre fue siempre conocida. Era curioso, pero hasta los médicos lo hacían. Entrabas a la consulta de don Jesús Rasco, te auscultaba el pecho y basta con que sintiera algún ruidillo extraño, te decía: lo mejor es que te vea don José Gil –especialista de pulmón y corazón al que se le llevaba un kilo e café portugués- así que te voy a dar un volante para que vayas al “Agromán”.

 

Pasada la mitad del siglo pasado, entre la entonces avenida de 18 de julio y la cuesta de San Diego, se construyó una barriada, más bien un grupo de viviendas tipo adosadas también llamadas chalés. Como dicha construcción no iba a librarse de nuestro afán de “motear”, fue desde el principio nombrada como la empresa constructora, y así la conocimos siempre por la barriada de “Coema”.

 

 La cuadrilla de trabajadores albañiles artífices de dicha construcción fue eminentemente ayamontina, a excepción de su capataz o maestro de obras, que con  el tiempo, al quedarse definitivamente en nuestra ciudad se convirtió en un ayamontino de pro, el siempre recordado Fernando Romero. El amigo y colaborador de este blog José María Estévez Romero, el Tapi o Tapaera, me facilita la estupenda foto en que aparece la citada cuadrilla al completo.

 

No quiero hacer una reseña completa de todos, o mejor dicho, no puedo puesto que algunos se me escapan al conocimiento, pero sí voy a referirme a los que conozco: en la fila de abajo, arropando al gran capataz, vemos al Estripaor, a Antonio el criador de palomas del Peñón, a Mariano Chueca y a mi buen amigo Manolo Arenas, el pocero. Y detrás puedo reconocer a Rafael el Catufo, al padre del Tapi, a su tío Pepe el Zapatero de la calle Tarpeya, al famoso y recordado Callaito, y detrás del todo a un jovencísimo Antonio el zapatero, hijo del inolvidable Cayetano el Beso de Judas.

 

Como siempre, me habré equivocado en alguna identificación, pero no me importa porque cuento con mis buenos blogueros que me corregirán.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los trabajadores del Despacho Central de la Renfe.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los trabajadores del Despacho Central de la Renfe.

No quiero meter mano en candela, pero a la vista del personal que aparece en la foto, mucho me temo que se trata del equipo de fútbol aficionado de los trabajadores del desaparecido Despacho Central de la Renfe.

 

Los conozco a todos por haber trabajado en la oficina, ellos eran los trabajadores de los viejos camiones de toldos y del taller mecánico de la propia empresa: Manolo Morales, jefe mecánico del taller; la familia Villegas, del Banderín, que eran conductores y ayudantes; el Gildo, que fuera en su tiempo portero del Ayamonte; Panchito, inolvidable extremo derecho también del Ayamonte; el buen chófer que era Marcelino; Manolo el de Hilda; anda por ahí el Tari y su hermano Rafael, aunque creo que el Tari estaría como invitado; mi buen amigo Jesús Herrera. Y unos niños alrededor a los que no logro identificar. De paisano figura otro recordado ayudante de camión: Angelito Picón.

 

Llama poderosamente la atención la cantidad de aficionados concurrentes al partido, y es que el viejo Estadio Municipal nos dejó esa estampa de la gran afición al fútbol que siempre hubo en Ayamonte.

 

Empresa ejemplar aquel Despacho Central en el que tuve la satisfacción de trabajar durante un par de años junto a gente inolvidable como Pepe el Tranquilo, Celedonio Martín, Juan Rasco Ofito, Antonio Amorós y Manolito Cruz. Trabajábamos en muchas ocasiones hasta en domingo, tanta era la gran actividad en Ayamonte mediados el pasado siglo. Lo peor fue que de esa actividad se aprovecharon unos pocos, los de siempre. Para botón, una muestra: jamás cobramos una sola hora extra, y echábamos muchas.

 

A pesar de ello, siempre prevaleció la amistad y armonía entre los trabajadores que incluso llegaron a formar ese equipo de fútbol, incluso fumando y  pegándose un trago.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. ¿Memoria o interés?.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. ¿Memoria o interés?.

Por muertas las dejaron, sabed, que non por vivas (del Poema de Mio Cid).

Durante mis frecuentes visitas al cementerio vengo observando últimamente como unos albañiles municipales andan levantando una especie de pedestal o monumento para algo. Mucho me temo que se trate del enésimo homenaje a unos ayamontinos que llevan enterrados en el lugar hace más de setenta años, allende los horribles tiempos de la Guerra Civil. Este rincón de nuestro cementerio ha sido traído y llevado siempre con miras políticas, especialmente llegado el mes de los fieles difuntos.

Ignoro quienes son esos ayamontinos, aunque supongo lo que hicieron para merecer una muerte tan injusta como violenta: nada, absolutamente nada. Bastaba con no comulgar con el nuevo régimen establecido para merecer un “paseo” y una posterior muerte por fusilamiento en las tapias del propio cementerio. Pero  no fueron los únicos, y digo yo que algún olvidado por la memoria habrá “del otro bando”, que también merecerían un recuerdo. Por ejemplo,aquellos que en manos de las columnas de milicianos del Frente Popular quedaron abandonados sin vida en las cunetas de las carreteras, o niños seminaristas abandonados en los patios de los seminarios, abatidos tras tratar de defenderse alzando un crucifijo.

Durante cerca de cuarenta años, el régimen franquista no paró de homenajear a sus caídos, a los que nombraba eufóricamente como “caídos por Dios y por España”. Ahora, los perdedores de la triste contienda civil llevan casi casi el mismo tiempo recordando a los suyos, que según nuestra progresista izquierda murieron “en defensa de las libertades y de la democracia”.

Pues miren ustedes, qué quieren que les diga. Ni lo uno, ni lo otro. Ni los primeros murieron evocando plegarias a Dios y vivas a la patria, ni los otros proclamando eslóganes a la libertad y a la democracia. Los unos y los otros, en muchas ocasiones, murieron sin saber por qué lo hacían, eran fusilados y sus cadáveres abandonados en las cunetas de las carreteras o en las tapias de los cementerios sin saber por qué, sin tan siquiera una acusación formal. Los unos y los otros murieron por culpa de unos indeseables políticos que no supieron gobernar y de unos militares ávidos de poder, y en el centro de unos y otros, unos miserables ansiosos de venganzas, de desquites personales. Ellos, los muertos de uno y otro lado, quedaron en medio, como víctimas propiciatorias de los desmanes de unos y de otros. Y durante más de setenta años, unos y otros han venido explotando la cultura de los homenajes. Y unos y otros lo que de verdad han perseguido y persiguen, es mantener viva la llama de una memoria que se alimenta de odios y resentimientos. Para los de antes, las únicas víctimas fueron las de su bando; para los de ahora, las únicas víctimas fueron las del suyo. Parece ser que España ha sido el único país en la Historia que vivió una guerra civil en la que, según desde donde se mire, sólo hubo víctimas en uno de los bandos. Cuestión ésta kafkiana pero muy recurrida. Tan recurrida que unos y otros son renuentes a  admitir la realidad.

Bien está que se homenajee a las víctimas de cualquier violencia, y más si esta es cainita, pero supongo que algún día habrá que poner punto y final y pensar abiertamente en el futuro. Mucho me temo que ello vendrá de la mano de las nuevas generaciones, a lo mejor si vivo mi nieta me da la satisfacción de hablarme de una España donde no quepan ya los odios del pasado, apagados todos los recoldos de una candela que muchos se empeñan en mantener viva. Así conseguiremos también que el bueno de don Antonio Machado, desde su tumba, deje ya de declamar aquellos sus inmortales versos: “Hay un español que quiere vivir y a vivir empieza, entre una España que muere y otra España que bosteza. Españolito que vienes al mundo te guarde Dios,  una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. Pero todo depende de nosotros, y si nos empeñamos en seguir por los derroteros de la memoria interesada de cada uno, ellos, los que vienen detrás, pueden terminar jugando como los niños de la foto. Y sería una lástima.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. La llegada del agua.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. La llegada del agua.

Cuenta la Historia que cuando Rodrigo de Triana vislumbró lo que le pareció y luego fue, un trozo de costa, gritó freténicamente aquello de “tierra a la vista”.

En el año 1.957, siendo alcalde Narciso Martín Navarro, se culminó el larguísimo proceso de la llamada “traída de agua al pueblo”, tras una no menos larguísima y trabajada gestión que habían llevado a cabo los alcaldes anteriores, tengo entendido que principalmente Joaquín Gutiérrez Blanco, y con tal motivo, coincidiendo con lo que ya podía llamarse abastecimiento, se construyó una fuente junto al Paseíto Nuevo, frente a la estación, que posteriormente fue sustituída por la que muestra la imagen muchos años después, en 2008 siendo alcalde el inefable Rafael González González con motivo de las XIII Jornadas de Historia de Ayamonte.

Aquel 7 de septiembre de 1.957 los ayamontinos gritamos “Agua a la vista”. Sin embargo, quedaba una larga tarea por realizar. De momento el agua llegaba hasta el lugar de la fuente pero ni mucho menos a todo el pueblo, y entonces se dio una estampa repetida e inolvidable: las gentes llenando cubos de agua para llevarlos a sus casas; más de uno y alguna que otra damajuana acarreé yo con  mi madre hasta el mismísimo Peñón, y otros lo harían hasta más lejos, aunque no creo que ni el Ayaba lo hiciera hasta la calle Martes ni el Fa hasta la calle Del Río, y para enton ces el Pargana sería un imberbe no apto para esa dura tarea.

Fue un paso importantísimo para el desarrollo de Ayamonte, pero sobre todo para la higiene, pues hasta entonces había que lavarse en las antiguas palanganas y alguna ducha de plástico colgada con una cuerda a una viga que previamente se llenaba de agua no potable principalmente traídas de pozos. Abrir un grifo y llenar una bañera fue una realidad largamente soñada y deseada.

Quedaron atrás los recordados aguaores, el Piporro, Miguel Antúnez, Patalingue, y sus idas y venidas hasta la “Casita del Agua” para repostar. Estos aguaores quedaron inmotalizados en un monumento en el Paseíto Nuevo como parte importante de nuestra historia reciente.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Publicidad y pregones.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Publicidad y pregones.

Vamos con una de esas páginas que tanto gustan a mis blogueros, de nostalgias, de recuerdos, que invita a la colaboración, que son como un libro en blanco que acamabos escribiendo entre todos.

Hace ya muchos años, la publicidad era estática y artística. Había personas, hombres casi en exclusiva, que se encargaban der rotular las fachadas de los establecimientos con anuncios y denominaciones. En nuestro Ayamonte fue el maestro Visera el especialista más destacado, cuyo trabajo realizaba con una paciencia, con una flema, extraordinarias.

Entonces la publicidad venía también en plan versos, y existía una mezcla entre la publicidad y el pregón, entre la llamada al consumo estática, mediante letreros o impresas, y la que realizaban los pregoneros de los productos.

Para animar a mis blogueros, traigo aquí algunos de esos anuncios y pregones, en la seguridad que alumbrarán muchos más:

Pintores, muchos; González, uno solo. Se trataba del personaje que aparece en la foto, el maestro Visera.

Bodegas San Miguel, de elaboración en los Santos de Maimona; de criación en Ayamonte. Bodegas Miguel Carro Flores.

JOPEJA: vende, repara... garantiza.

La conserva “La Mejor”, la mejor de las conservas; y entre trago y trago, sardinas “Rago”. Conservas Refael Gómez Jesús.

Miguel Sánchez le anticipa gracias por su visita. La Giralda.

El riquitrún, que poquito me gustas tú. Pregón del Molletero.

Al lindo corte. Invitación de Banego a cortar la baraja para rifar dulces.

Equipos para megafonías y altavoces para bailes y fiestas, equipos de batería, propaganda móvil. Publicidad Patro.

Niña, el tabefe.

Niña, el latero.

Morás y verdes.

Cisco de jara.

Los iguales para hoy.

Cal blanca.

El piñonero.

Bueno, ahora vosotros tenéis la palabra.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Las antiguas carbonerías.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Las antiguas carbonerías.

Antes de que hiciese irrupción en el mercado, y concretamente en el ámbito doméstico, el petróleo, eran el carbón y la leña los únicos combustibles empleados para cocinar.

El hecho de que en todas las casas se cocinara con carbón –excepto en algunas, muy pocas, de gentes pudientes que cocinarían con electricidad- suponía que proliferaran los establecimientos dedicados a su venta: las carbonerías, las antiguas y muy recordadas carbonerías.

La más conocida de todas ellas era sin duda la de la familia Caraballo, frente al Cardenio, al frente de la cual siempre estuvo Juan González, sobrino de los dueños y padre de nuestro querido amigo el inolvidable Juan el Costalero. Otras carbonerías venían ubicadas en calles Zamora, Peña, Buenavista, Olivo, y la muy popular de Manuela la Pichilica en calle Huelva esquina a Lepanto. Y es de suponer que alguna en la Villa, pero yo no recuerdo ninguna en dicho barrio.

El carbón llegaba al pueblo en grandes carros tirados por mulas, y era todo un espectáculo verlas subir la calle Buenavista con aquel empedrado resbaladizo, en muchas ocasiones caían a tierra y costaba toda una vida levantarlas.

Además del carbón, en estas tiendas se vendía también sus derivados, el cisco y la tierra para la copa, incluso en alguna que otra se despachaba vino, como en la que tuvo en la calle Olivo, en el Peñón, el portugués Aníbal, padre del amigo Anibita, gran carpintero-herrero, cofrade y ayamontino siempre dispuesto a echar una mano. A Aníbal le sucedió Domingo el carbonero, tío de Pepito el de los Cupones.

Después llegó el petróleo y Cayetano Ojeda acabó con las carbonerías, legalmente, claro, pero como el petróleo era más limpio y rápido para cocinar, el carbón fue desapareciendo, quedando la secuela de la tierra y el carbón para la copa.

Hoy predominan el gas y la vitro. ¿Mañana?. Mañana Dios dirá, y que nos de la oportunidad de conocerlo, en buenas condiciones, se entiende.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. El niño extraviado.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. El niño extraviado.

Parece mentira, pero nunca más se supo de él, de ese niño de  aficiones marineras tempranas. Se quitó la foto en un antiguo estudio de la calle González de Aguilar, allá por los años cuarenta del siglo pasado.

Lo habían visto deambular por el barrio del Peñón, por el Campillo, por la calle Tarpeya, cogiendo habas en el terreno de Miguel Carro aprovechando que los guardianes estaban más pendiente del Zamboro, que atacaba por Levante.

Pasados unos años fue también visto en la Escuela de los Marinos con su tocayo Trini el Cojo, el Santi, el Jiguito, el Castillo el Negro, el Alemán, el Espina. En la barbería de Juan el Cojo estuvo de aprendiz y despachando la Hoja del Lunes en la Imprenta Hidalgo. Más tarde fue visto en el Instituto Laboral con Pérez Castillo, Celedonio, Sulpicio, Palmero.

Después, el curreo correspondiente y la emigración. Mucha gente me pregunta si sé algo de él, y les contesto que la última noticia que tengo es que esta tarde puede andar por la Laguna esperando la banda de Samouco, y aunque no suele ir al recinto ferial podrá verse algún día en los ponis con un personajillo que lo trae loco. Y de camino quitará fotos para luego mojarrear.

Si alguien más sabe algo de ese chiquillo, que lo diga, por favor. No sé si el Fa o el Ayaba lo habrán visto por Cataluña, aunque me extraña porque a él nunca le gustó ir al extranjero.

Aunque hayan pasado muchos años, pueden distinguirlo perfectamente por una señal que le acompañó siempre: tiene una oreja más grande que otra, aunque él siempre dijo que no era más grande, que lo que pasaba es que la tenía desprendida. Suerte a todos y que Dios os coja confesaos si os topais con él. Amén.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los Colorines.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los Colorines.

Ahora le llaman comics, con anterioridad fueron conocidos como historietas, también como tebeos. Pero los ayamontinos bautizamos a este fenómeno de la literatura infantil como colorines, aun cuando durante bastante tiempo venían en blanco y negro.

Yo no sé en cual de las denominaciones incluir a Marujin.com, Fotea, El de siempre, Pargana, el Kun, y tantos otros blogueros, alguno de los cuales no puedo identificar y a los que puedo identificar no se me ocurre calcular la edad.

Sé que al Fa y al Ayaba podría encajarlos perfectamente en el tiempo de los colorines: el Guerrero del Antifaz, el Espadachín enmascarado, Roberto Alcázar y Pedrín, el Corsario, el Jabato, el Capitán Trueno, el TBO propiamente dicho, Pulgarcito...

Había un sitio donde comprarlos, casi el único: la papelería de doña Genara, la abuela de Paco Conde, en la calle Rompeculos. Esperábamos ansiosos el día de la semana en que llegaban para correr a alcanzar alguno pues no llegaban para todos. Con el tiempo, pasaban a la biblioteca municipal y se los podíamos pedir al Sr. Fournier. Pero siempre eran los mismos, no los renovaban nunca. Además, el Sr. Fournier no nos dejama escoger, nos daba el primero que se le venía a las manos.

Tengo que confesar que mi personaje favorito fue siempre el Guerrero del Antifaz, con qué facilidad acababa con doscientos moros en un momento, era único, pero al que nunca pudo matar fue al malísimo Ali Kan, el jefe de los moros, (se decía que era su padre convertido al islam). Todos nos quedamos las ganas de verle la cara.  Roberto Alcázar y Pedrín se salían del tipo de personajes historícos, eran policías y daban puñetazos a destajo. El Corsario era  y era ayudado por su corpulento lugarteniente, el negro Batán. El Capitán Trueno, con Crispín de pupilo y la bella Sifrig, la princesa de cabellos de oro.

Hace poco a las editoriales les ha dado por volverlos a publicar, pero sabiendo de la gran nostalgia que despiertan, lo han hecho a precios bastante elevados.

Como se trataba de colorines editados durante la dictadura franquista, todos los héros eran cristianos, a cual más bueno y valiente. Pero algo hizo que los colorines se convirtieran en unos instrumentos muy valiosos: con ellos leíamos, y mucho. Es más, hubo crios que no iban al colegio por alguna razón que se lo impedía y con los colorines aprendieron a leer. Por la cuenta que les tenían si querían enterarse de las historias que contaban.

Ahora a esperar que los blogueros se identifiquen con sus colorines, con sus personajes preferidos. Podemos entre todos hacer muy amena esta página.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. La tienda de Manolito el Lápiz.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. La tienda de Manolito el Lápiz.

En vista de la buena acogida que este tipo de artículos está teniendo entre los blogueros, volvemos hoy con una estampa nostálgica, aunque parte de ella siga “viva”. Se trata de una cuestión hereditaria perfectamente cuidada.

Esa calle que se ve en la foto es nuestra calle Cervantes, quizás la primera que peatonalizó el desaparecido alcalde José Ceada, fue un acierto y es de agradecer que aunque fuese por una vez se gastara algunas perras y no ahorrara tanto. En esa calle, a las puertas de ese escaparate, era normal ver algún coche aparcado, normalmente creo que lo hacía un “Seiscientos” propiedad de un viajante de comercio que ofrecía sus artículos al tendero, sin prisas.

La tienda ya sabemos cuál es, lo reza el luminoso, Casa Manolo. Lo que ocurre es que para el personal nuevo nada especial dice, pero para los que peinamos canas –en el balcón de mis edades tempranas acaban de asomar el número sesenta y ocho- dice mucho y muy sustancioso.

Se trata de la tienda de la familia, de la hija, yerno y nietos, de uno de los comerciantes más afamados, competentes, serios y amables del pasado siglo: Manuel González Menéndez, o sea, para los carrozas y para nuestra sencilla y reciente historia, Manolito el Lápiz.  Manolo –dice una señora que acaba de comprar un corte de pantalón para su esposo- “saca el lápiz y apunta, que cuando Pedrito Jesús nos dé el anticipo el sábado te traeré algo”. De tanto sacar el lápiz para el fiado nació el apelativo que le acompañaría durante toda su vida y aun hoy en el recuerdo.

Manolito el Lápiz fue uno de los mejores comerciantes de nuestro reciente pasado. Dominaba el mostrador como nadie, con escasos movimientos le bastaba para coger una pieza de tela de la estantería, desplegarla en el viejo mostrador, y con el clásico metro de madera medir el paño solicitado para posteriormente, mediante un incipiente corte con la tijera, rasgarlo de filo a filo con una destraza admirable. Buen conversador, amable siempre, fue maestro de dependientes: Pepe González, su sobrino Benito Rasco y su hija; tal era su personalidad, que el dependiente no familiar fue y es conocido por Pepito el Lápìz, o el del Lápiz. Pepito fue empleado fiel hasta el final de su vida laboral, ahora es viajante a Ullón; Benito se estableció por su cuenta, y Manoli, su hija, junto con su esposo, al que también le dicen el Lápiz, y sus hijos, han continuado con el negocio familiar. Poco ha cambiado el mismo, salvo cuatro toques de adaptación a los tiempos y a la demanda. Por ejemplo, ese escaparate grande de la izquierda con puerta de acceso, antaño creo recordar que era escaparate sólo, en el que se exponían los sobreros, gorras, boínas, género típico del negocio y que con acierto Manoli ha sabido mantener. De suyo, el luminoso anuncia como especialidad de la casa la sombrerería. La puerta creo que daba acceso al almacén.

Fueron tiempos de mucha actividad comercial, la pañería abundaba, junto a la tienda de Manolito el Lápiz existían dos tiendas más de pañería, la de Guerrero, conocido como el Pañero, y la de la Parreña, hoy cafetería la Goleta. Pero fue la de Manolito el Lápiz la que duró más tiempo, tan es así que aun hoy la pañería forma parte esencial de su oferta.

Este tipo de tiendas conformaban y conforman, repito, con las necesarias adaptaciones, el comercio clásico del centro de Ayamonte, ese al que ahora llaman abierto por haberse construído una mole “moerna” en el Camino del Calvario.

Ahí quedaron para nuestra querida historia,  el Pañero, la Parreña, los Bizcos, Dolores, Estévez, Sanchito... y Manolito el Lápiz, maestro de maestros del comercio clásico ayamontino.

AYAMONTE EN EL RECUERDO: El Arte como salvavidas.

AYAMONTE EN EL RECUERDO: El Arte como salvavidas.

A mi balcón de edades tempranas, como ríos después de la lluvia, una hermosura mortal como cometa al viento, llegan olas del recuerdo que baten el corazón  de ayer herido hoy  con cicatrices de un tiempo que se desvanece como una hermosura mortal.

Cuando contemplo la fotografía que ilustra este artículo, murallas azules, olas de recuerdos llegan como lava derramada de la punta de un volcán en erupción. No teníamos  nada, o casi nada. La Milagrosa y el Frente de Juventudes, y sólo para los jóvenes completaban un parto de los montes convertido al final en unos futbolines. Ellas, ni eso.

Pero el afán de supervivencia, el negarse en rotundo a vivir en la molicie, en la más completa ociosidad, hizo el milagro: el Arte con mayúsculas se convirtió en panacea contra lo imposible. Y el tiempo fue conquistado por una juventud dispuesta a divertirse, a ser feliz contra la adversidad. La música y el teatro, el teatro y la música se asentaron en nuestras vidas como una anadiplosis que no por reiterativa iba a aburrir los sentidos.

Hoy, casi todos los fotografiados son abuelos y abuelas, y en más de una ocasión habrán contado a sus nietos aquellas aventuras del teatro y de la música incipientes que llenaron sus vidas jóvenes, huérfanas de casi todo. No teníamos nada pero nos conformábamos con poco: nuestro estramonio era la ilusión, el flotar en un mar azaroso de postguerra. Salimos airosos, sin más alucinógeno que el deseo de vivir y disfrutar como Dios manda o, por qué no decirlo, impone a veces. Parece mentira, pero a pesar del tiempo transcurrido creo que sólo nos falta uno: el querido y recordado amigo Verísimo da Luz Villegas, que posa con gafas y boina a la izquierda de la foto. Los demás pueden seguir contando esos momentos inolvidables. Qué tiempos, madre mía.

AYAMONTE EN EL RECUERDO: La tienda de Rafalito Aguilera.

AYAMONTE EN EL RECUERDO: La tienda de Rafalito Aguilera.

Las frases hechas suelen trascender a fuer de no coincidir con la propia realidad o situación que pregonan. De hecho, podríamos traer aquí una lista de refranes que no se cumplen: la mujer y la sartén en la cocina están bien; piensa mal y acertarás; la cara es el espejo del alma, etc.

En otras muchas ocasiones sí funiona el fraseado típico o al uso. La que hoy nos ocupa es aquella que pregona que el continente pequeño guarda pura esencia, es decir, los buenos perfumes se comercializan en pequeños frascos. Tampoco es cuestión de tenerlo como dogma.

Uno de los ayamontinos –siempre inolvidable y especialmente recordado- que más nos recuerda esta última “filosofía pupular”, no es otro que Rafael Aguilera Silveira en el siglo, y Rafalito Aguilera en el convento de sus paradigmáticas actuaciones, de su ejemplar conducta y de su prolífica producción artística.

Yo tenía dudas de en qué apartado del blog incluir esta semblanza: Ayamontinos inolvidables o Ayamonte en el recuerdo. Me he decidido por esta última porque tenía muchas ganas de escribir acerca de la famosa tienda de Rafalito Aguilera, aquella que hacía esquina con Paseo de la Ribera y Hermana Amparo –en su día Paseo de Queipo de Llano-Calvo Sotelo-, que más que tienda era una invitación al embeleso.

Entrabas en la tienda de Rafalito, de sabor decimonónico y romántico –larguísimo mostrador que ocupaba prácticamente todo el frente de la tienda desde la Ribera hasta lo que fue la barbería de Juan Domínguez- y lo mismo podías comprar unas estampitas de santos y cromos en general, unos caramelos San José, unos orazús de Zara, un cuarto de litro de aguadiente, un cuarto de kilo de polvorones o, y eso sí que era para extatiarse, simplemente te quedabas allí viendo como nuestro recordado personaje diseñaba, construía, restauraba sus creaciones que más lo afamaron: sus gigantes y cabezudos. Porque yo diría que toda la proliferación artística de Rafalito Aguilera al final se metabolizaba en sus cabezudos, en sus gigantes con los que tan felices hizo a los niños de su época. (Hace muchos años, viniendo de Sevilla, al atravesar Villalba del Alcor, vi a Manolín Aguilera, uno de sus hijos y me di cuenta de que iba con sus gigantes y cabezudos amenizando las fiestas de aquel pueblo, la emoción fue de órdago a la grande).

Recuerdo la parsimonia, la amabilidad, la sonrira de Rafalito cuando para despacharnos unos caramelos desenroscaba las tapas de aquellos recipientes de cristal tan típicos, los famosos tarros; o con el cuidado que nos hacía el paquetetito con las riquísimas pasas de moscatel; o cómo iba confeccionando poco a poco, sin prisas, su cuadro hoy llamado naif pero que para él, en su alma de niño, no era más que eso, una pintura con alma infantil. Con el tiempo, sus hijos hicieron reformas, modernizaron la tienda y ya no fue lo mismo.

Sé que mis blogueros van a extasiarse, no con este artículo por su calidad literaria, sino por lo que en él se recuerda, por la nostalgia que suscita recordar una de las tiendas más querida, emblemática, típica y romántica del siglo pasado. Un abrazo, Rafalito. Y por favor, respóndeme con una sonrisa, con la tuya, inconfundible, sincera.

AYAMONTE EN EL RECUERDO: Los discos dedicados en Radio Juventud de Ayamonte

AYAMONTE EN EL RECUERDO: Los discos dedicados en Radio Juventud de Ayamonte

Desde la Callejita el Loco nos llegan  las entrañable voces de los locutores y locutoras de Radio Juventud de Ayamonte: “Para Juan Manuel Núñez, el niño más bonito de la calle Martes, en su cumpleaños”; “dedicado a Fernandito Pargana, el niño más travieso de la calle Buenavista”, en el día de su onomástica”; para Manuel Jesús Franquito, el niño más listo del Campillo de las Vacas, por las buenas notas”…y después sonaba un gracioso disco portugués que parodiaba los sudores de un sargento luso en aras a instruir a un recluta torpe: esta es dereita, este es esquerda, la esquerda es la del lado do corasao.(Comprendo que mi portugués es de cadena perpétua).

A continuación venían las dedicatorias de los amoríos, de los enamoramientos: “Para José Mari Mayo, el maqueón del Banderín, de quien él sabe”;”para Rafael Losada, el fiera del Cabezo, de su musa misteriosa”; “dedicado a Marisa González, de un tendero enamorado”…y en antena, el deleite de un bolero de Lucho Gatica, ni más ni menos.

Los vecinos portugueses no iban a ser menos y con sus dedicatorias nos regalaban los oídos con los magníficos fados de la inolvidable Amalia Rodríguez.

Qué  tiempos aquellos de los “discos dedicados de Radio Juventud de Ayamonte”. Bastaba una llamada o simplemente dejar una nota en la emisora para obsequiar a un ser querido con algo tan agradable como la misma música y sin gastar una perra chica.

A mi vuelta al blog después de los días en que he tenido que llevar y dejar al Muñeco Diabólico en el taller, he preferido reanudar la labor con una ración de nostalgia, tan del gusto de mis queridos blogueros. Que aproveche.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Fiestas del Carmen en Canela, ayer y hoy.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Fiestas del Carmen en Canela, ayer y hoy.

Los antiguos molinos mareales descansaban de noche para asomarse a tu luz fronteriza,  como brotada de los montiños para reflejarse en las aguas mansas de tu estero, ese estero que en largo abrazo te convierte en isla.

El cuarto de los “Aliaos” servirá una y otra vez de refugio cuasicarcelario de los más pobres del pueblo cuando se anuncia la llegada de un pejegordo, un imbécil del Régimen que llega desde la capital a justificar prepotencias, dietas, a recoger parabienes en forma de especies. Bien que se aplicó, y con qué escarnio, aquella Ley de Vagos y Maleantes procedente de las Cortes republicanas y que Franco recogió con entusiasmo y aplicó sin piedad.

La patera de seño Juan va y viene, incansable lanchero. A veces llega el médico, o el practicante. La ruinosa carbonería les aguarda, y el viejo cuartel de la Benemérita, casa Belmonte, los cuartos de red. Y pare usted de contar. No es la isla, es la barriada, con todo el sabor marinero antiguo, de redes tendidas a orillas del estero, junto a docenas de cajirones, de botes anclados, de palangres y trasmallos.

Y, llegado julio, Canela, la Barriada, no la isla, irrumpe en fervores marineros paseando a su Patrona por las aguas del Guadiana en incomparable procesión fluvial que un imprudente y desgraciado incidente dio al traste. Mas tus hijos no se conformaron, y pasados los años también te procesionan en las aguas del Guadiana. No vas ahora en cubierta de ningún barco. Esa cubierta hoy son los hombros de sus vecinos. Creo que hasta es mejor así. Ya casi nadie recuerda lo otro, como afortunadamente quedó atrás la pobreza. La solana de antiguo ha dado paso a una gran carpa y la remosada ermita brilla más que nunca.

Antes fueron gentes como Belmonte, los Paisa, el inolvidable Pepe el Cartero, el querido “Largo de Canela” al que hemos despedido hace poco... ahora toman el relevo María Pérez, Mayo, Enri, y todavía la omnipresente Herminia. Canela, la Barriada de Canela, se remoza, refulge y lanza al aire una invitación festiva que cada año se supera. Y es que para hacer las cosas bien hace falta talento, y a los caneleros de hoy les sobra. Pero sobre todo, les sobra amor, a su Barriada y a su Virgen. Y eso es lo principal. Felicidades a todos, y todos con la Virgen del Carmen.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Las capillitas devocionales domiciliarias.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Las capillitas devocionales domiciliarias.

El don de la ubicuidad lo tiene sólo Dios. En algunas o en muchas ocasiones,  ese don es practicado por políticos populistas, que no es  mala cosa en sí. (Recuérdese al efecto la omnipresencia del anterior alcalde,  Rafael González, el popular y populista Catarro, que lo mismo presidía la procesión de la Patrona que una muestra de arbiñocas en el quiosco del Pitingo, práctica que por cierto ha heredado mi dilecto Antonio Rodríguez Castillo). Es así, no le demos más vuelta. Y no es malo per se. Se trata de la segunda acepción que del término ubicuo  nos ofrece el diccionario. “Dicho de una persona: que todo lo quiere presenciar y vive en contínuo movimiento”.

Dios a veces delega, si no la ubicuidad, sí al menos su presencia entre sus hijos. De mil maneras. Pero hoy vamos a fijarnos en una que fue muy popular en España e Hispanoamérica y hoy prácticamente en desuso: las capillitas domiciliarias de vírgenes y santos.  La Virgen María en muchas advocaciones: Fátima, Milagrosa, del Carmen. San Antonio, san José,  san Judas Tadeo, etc.

Eran unas coquetas capillitas, generalmente de madera, con dos puertas, una imagen...y una hucha para depositar en ella el donativo por los beneficios recibidos debido a la santa presencia en el domicilio particular. En cuanto a la hucha no hay que dar muchas vueltas para intuir su procedencia: seguro que lo inventó un cura, por mucho que el padre Carlos, nuestro párroco general,  no lo quiera reconocer. Que le pregunte a su asesor seglar, el ínclito Paco Cecilia si quiere salir de dudas.

La verdad es que las citadas capillitas eran esperadas con ansias, con ilusión, en los hogares, sobre todo por unas mujeres piadosas que encontraban en la íntima relación con la imagen cierto consuelo que provenía de esa fe sencilla que a veces se nos hace difícil entender.

Todavía en algunos lugares persiste la costumbre. Concretamente en San Juan de Aznalfarache,  pueblo donde habitualmente vivo, suele visitar los hogares que lo demanden una capillita de la Virgen del Rocío.

No sé si en Ayamonte se practica hoy tal costumbre. Seguramente de eso sabrá mucho mi admirado Joaquín Casiñas, especialista en liturgias costumbristas, capaz de reavivar una vez cada año el recuerdo de un ayamontino  santo y mártir, nuestro beato Vicente Ramírez de San José, que después de morir en un horrendo martirio se quedó sólo en eso, en beato. El pobre ni siquiera tuvo la ocasión de afiliarse al Opus Dei. Lástima.

¿Y sí algún devoto decide hacerle a nuestro beato una capillita y llevarla por las casas de Ayamonte?. A lo mejor nos llevábamos una sorpresa. Agradable, se entiende.