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Mojarra Fina: El Blog de la Mojarra Fina Ayamontina

Ayamonte en el Recuerdo

AYAMONTE EN EL RECUERDO. 25. La Casa del Niño

AYAMONTE EN EL RECUERDO. 25. La Casa del Niño

Hace ya muchos años hubo en Ayamoante un cura que cogió el Evangelio por las solapas, lo sacudió y se quedó en las manos con una sola página, aquella en la que se podía leer: lo que hagáis con uno de estos pequeños, conmigo lo hacéis.

Sotana arremangada, pico y pala en ristre, se puso a la tarea de levantar, desde la más absoluta insuficiencia económica una casa grande donde acoger a los niños hambrientos. Y como no podía ser de otra manera, bautizó aquel enorme caserón de la única manera posible: la Casa del Niño.

Acompañado de un ejemplar equipo de mujeres desinteresadas, encendió cerillas y puso a calentar unas enormes ollas y en ellas echó garbanzos, lentejas, arroz. Y la Casa del Niño empezó a oler a comida caliente, transformándose en un enorme comedor para niños pobres. Y, al par de los garbanzos, el queso americano y la leche en polvo completaban aquel menú tan necesario que rozaba lo imprescindible. En cada hogar pobre, es decir, en la mayoría, emnpezó a sentirse la tranquilidad de que al menos los niños estaban alimentados.

Aquel cura, cuentan las crónicas orales urbanas, fue desfenestrado por aquellos que, de misa diaria, ejercicios espirituales y demás monsergas prestablecidas como condición sine quanon para ser buenos cristianos, se sentían incómodos con su presencia, con aquel ejercicio de caridad que ponía en entredicho su hipocresía de cristianos de doble vida, aquella del a Dios rezando y con el mazo dando. No es la primera vez, ni será la última, que un sacerdote auténtico sufra el exilio con el beneplácito de la Autoridad eclesíastica, que por supuesto todo lo hace en beneficio de la comunidad.

Hoy Ayamonte recuerda al padre Gutiérrez con un busto en la placita del Baluarte y que ilustra este artículo. Por cierto, pido a alguno de los jóvenes que frecuentan el lugar respeten ese busto que tanto representa para la historia reciente de Ayamonte, ellos saben por qué lo digo.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. 24. El barco de las boyas

AYAMONTE EN EL RECUERDO. 24. El barco de las boyas

Decíamos en otro lugar de este blog que la abundancia de sardinas en  nuestras costas había sido en su tiempo generadora de riqueza, eso sí, mal repartida. La pesca y subsiguiente elaboración de conservas requería una serie de servicios auxiliares. En un puerto de tanta actividad como el de Ayamonte no era de extrañar la existencia de un servicio de vigilancia y conservación del servicio de boyas para facilitar la navegación de nuestros barcos.

En Ayamonte contábamos con este servicio, simbolizado en un barco que por ello fue conocido como el barco de las boyas. Al frente de este servicio estaba don Clemente, que también era profesor del Instituto en los talleres; como patrón o timoner creo recordar a Narciso Sánchez, padre de nuestro amigo Chico, pregonero de nuestra Semana Santa; de maquinista, Prudencio, que era popularmente conocido como Prudencio el de las boyas, y completaba la tripulación Pepe el "Cacholo". Su centro de coordinación estaba situado en la calle de las Flores.

Aprovechando que don Clemente era profesor del Instituto Laboral, un día que se soltó una boya y hubo que ir con el barco hasta Tavira a recogerla, se aprovechó la ocasión para que los alumnos participásemos en una clase práctica de navegación, trabajando con el sextante, el timón, tomando nota de profundidades, etc.

La foto que ilustra este artículo recuerda ese día y en ella aparece un determinado número de alumnos con dos profesores. Para los curiosos les aclaro que dichos alumnos eran: en primer término, Pablo Domínguez, "Perlacias"; en la primera fila y de izquierda a derecha, Pepe Concepción Ribeiro, Jesús Andray, los profesores don Manuel Gago y don Clemente, cerrando la hilera Feliciano Fernández Sousa y detrás de él, Julio Barroso Piris; y en la segunda fila, en el mismo sentido, Paco Palmero, Victoriano Aguilera, Pepe de la Cruz Fernández, Sulpicio Gutiérrez y Trinidad Flores Cruz.

Además de la experiencia del navegar y las prácticas realizadas, hubo otra que vivimos casi todos: marearse en alta mar y soltar por la borda como suele decirse, hasta los higadillos.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. 23. Las Migas

AYAMONTE EN EL RECUERDO. 23. Las Migas

En cuanto abra el blog el Godovi empezará a creer que vamos a hablar de comida, pero está equivocado, no se trata de ese plato que nos llena tanto y que no debemos ni oler los diabéticos, que además es baratísimo porque se hace con el pan sobrante, estas migas van por otros derroteros.

Aunque hoy proliferan las guarderías infantiles, que por cierto, si son bien llevadas y controladas son muy beneficiosas para las familias, no se trata de un invento reciente, ni mucho menos, lo que ocurre es que antes, ni estaban registradas oficialmente, ni se llamaban así, pero cumplían la misma misión: socializar a los niños y sobre todo tenerlos al cuidado mientras el padre iba a la mar y la madre a la fábrica. A esas antiguas "guarderías", en Ayamonte les dimos el nombre de Migas.

Las Migas normalmente estaban regidas por mujeres ya muy mayores, casi siempre viudas y desde luego y en todo caso, con escaso poder adquisitivo. Se quedaban todo el día con los niños mientras los padres trabajaban, hacían que jugaran unos con otros, y les contaban cuentos de hadas y de espadachines. Los niños solían ir a estas Migas con babis y como eran tiempos difíciles económicamente en ocasiones los bancos donde se sentaban eran de corcho.

No puedo recordar todas las migas, así que les hablaré de aquella en la que estuve hasta entrar en la escuela de los Marinos. Se trataba de la Miga de doña Segunda, que era una señora viuda, muy educada y muy dulce en sus maneras, nos embobaba con los cuentos que nos narraba. Yo le conocí dos ubicaciones, la primera en la calle Hermana Amparo, entonces Calvo Sotelo, haciendo esquina con Lusitania, otrora Capitán Cortés; la segunda, en la calle Felipe Hidalgo a la altura de le embocadura de la calle Cabalga, y ya la tercera en la calle Cruz, en el tramo que queda detrás de las Hermanas de la Cruz. La que más recuerdo es la de la calle Felipe Hidalgo, sobe todo a la hora de los cuentos y cuando iba con Paco el Puchín a comprar los pirulís de caramelo a la Barranca, en casa de una señora que le decían La Viudita. Luego doña Segunda los vendía y así tenía otro pequeño ingreso. Paco el Puchín era un demonio, el más travieso de todos, pero como ahora, ya mayorcito, sabe ganarse a la gente y era el niño preferido de doña Segunda.

¡Qué tiempos aquellos!. Por cierto, me gustaría saber en que Miga estuvieron, si es que estuvieron en alguna, mis amigas Sarima, Locar o el romántico propietario de la "taberna del amor". Ya lo dirán.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. 22. Los mastros

AYAMONTE EN EL RECUERDO. 22. Los mastros

Ya os decía en el artículo sobre el Peñón, que en la calle Tarpeya había dos corrales de vecinos, y que en el primero vivía la familia de Juan Rasco Cacega, o sea, Ofito, padre del Ofito el de los colchones y de Mari Bella, la mujer de Clemente Calderón. A la casa se entraba por la calle Buenavista pero tenía salido al corral en cuestión en el que además vivían dos familias numerosas, la de Valenzuela y la de Pepa la Rubia.

Llegada la época estival, cuando la mayor apetencia de la gente era la de disfrutar del fresquito de la noche, existía en Ayamonte la costumbre de organizar una especie de verbena en esos corrales, debidamente adornados, evento que no sé por qué, recibió en nuestro pueblo el nombre de Mastro.

La cosa era muy sencilla. Se adornaba el corral con flores, además de las ya existentes, se colgaban adornos, papelillos de colores y algún que otro farolillo que se había guardado de las Angustias o del Salvador, se montaba una cantina para servir bebidas de todas clases y despacho de chucherías, y  lo más importante, se contrataba a Ortiz el de la acordeón y a Telesforo, y con alguien más que no recuerdo se montaba una orquesta que tocaba y tocaba hasta la madrugada bien avanzada.

Eran veladas cuasifamiliares, a las que asistían las gentes del corral y de las casas de los alrededores, y también de otros curiosos que iban recorriendo los mastros, y naturalmente los que nunca tenían prisas para acostarse y tenían la oportunidad de seguir copeando.

Noches muy agradables, como digo, casi familiares. Pero con el tiempo llegó la televisión, y se acabaron los mastros y el tomar el fresco...y el cine de verano en la plaza de toros, del que hablaremos dentro de poco.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los viejos astilleros

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los viejos astilleros

Dado el gran número de embarcaciones con que contaba nuestra ciudad a mediados del pasado siglo, resultaba necesaria la existencia de varios astilleros para la reparación de las mismas e incluso para la construcción de alguna nueva.

En un reducido espacio podíamos contar nada menos que tres astilleros. El de Miguel Zamudio, en la curva del estero de la Ribera hoy nombrado ese lugar como la rotonda de los Miguelitos; el de Irene, que era más pequeño y se dedicaba a la reparación de embarcaciones menores como canúas, botes y pateras, situado a la mitad del estero, frente por frente a la calle Buenavista, y el Juan del Río, padre de nuesto flamante Arzobispo castrense, situado a orillas del Guadiana, a la altura de la llamada Casa del Salón. Y el cuarto, posiblemente el de mayores prestaciones, venía ubicado a orillas del Guadiana pero ya en San Francisco, era propiedad de los señores Do Carmo -desde aquí un saludo cariñoso para mi compadre Luis do Carmo- y aun perdura. La foto de este artículo corresponde al mismo, como se verá se atendían embarcaciones mayores y el paisaje urbano era infinitamente más hermoso, se podían contemplar desde la gran distancia, sin ningún estorbo que lo impidiera, el viejo Castillo, toda la iglesia del Salvador e igualmente la totalidad de la ermita de San Sebastián.

Con la desaparición de las sardinas de nuestras costas se perdieron no sólo los viejos galeones y las fábricas de conservas, sino también todos los servicios colaterales, entre ellos aquellos viejos y recordados artilleros artesanales. Entonces, era frecuente oir frases como ésta: vamos a llevar el barco al el carro que hace un poco de agua y hay que meterle estopa. Es decir, calafatearlo. Ya eso terminó, los barcos ya no son siquiera de madera y con los nuevos materiales ya no se ven aquel tipo de astilleros, pero ahí están, ahí quedan en el recuerdo de los ayamontinos.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. La báscula de la farmacia de Massoni

AYAMONTE EN EL RECUERDO. La báscula de la farmacia de Massoni

Desde principios del siglo pasado hasta principios del presente, la farmacia de la calle Lusitania ha tenido siempre a disposición de la gente una báscula como Dios manda,  de esas a las que hay que ir dando con el dedo hasta que se produce el equilibrio  y nos dá el peso. Estas básculas tienen la ventaja de que te puedes parar un poquito antes y así pensar que pesas menos, sin embargo las diligitales, como son automáticas se paran en el peso exacto, son unas malvadas.

Yo siempre conocí la báscula de la foto en la misma farmacia. Primero, cuando al frente de ella estaba aquel gran hombre que fuera don Antonio Massoni Jesús. Don Antonio, por favor, ¿me quiere usted pesar que yo no entiendo el chisme este?, y don  Antonio, pacientemente, daba la vuelta al mostrador y te pesaba.

Después, la farmacia fue regentada por otro gran hombre, igualmente humanitario como el anterior, don Fernando González Pérez de León. Parece como si el destino no hubiera querido que se rompiera el tracto sucesivo y a un gran hombre sucedió otro gran hombre.

Y hoy la farmacia está dirigida por una de las hijas de don Fernando, Nieves González Morales, que ha mantenido la tradición, afortunadamente, de ofrecernos la vieja báscula. Si todos pensaran como Nieves hoy Ayamonte contaría con un patrimonio sentimental considerable, pero parece que es más fácil desprenderse de las cosas y sustituirlas por las novedosas.

Desde aquí animo a Nieves a que siga con la vieja báscula a ver si nos dura al menos un par de generaciones más.

 

AYAMONTE EN EL RECUERDO. El Instituto Laboral

AYAMONTE EN EL RECUERDO. El Instituto Laboral

Corrían los años cincuenta del pasado siglo y Ayamonte fue inundada de un anuncio muy especial, que la verdad sea dicha resultaba ininteligible para la mayoría de los ciudadanos: la  apertura del Instituto Laboral. ¿Y esto qué es?, se preguntaba la mayoría del personal, y los pocos que lo sabían lo explicaban así: se trata de un  centro para estudiar el bachillerato, así los jóvenes ayamontinos que no puedan ir a Huelva a estudiarlo ni pagarse clases particulares, pueden hacerlo aquí.

La realidad, la cruda realidad, era esa, que los pobres teníamos que conformarnos con terminar todos nuestros estudios en la escuela, mientras que los más pudientes, o iban a Huelva a estudiar, o lo hacían aquí dando clases particulares con los maestros de las escuelas públicas y al terminar el cuso se examinaban en la capital.

Así, el Instituto Laboral vino a ser la puerta que abrió multitud de oportunidades para la juventud de entonces, que después de terminar la enseñanza media podían acceder a la universitaria; y hasta los menos afortunados económicamente contábamos con un título, el de bachillerato, que a la larga nos iba a ser de provecho.

El Instituto Laboral se abrió en el edificio que hoy alberga la sede de Agrupación de Cofradías, sitio bastante incómodo para el estudio, en el que incluso hubo de construirse un aula de madera que precisamente realizamos los alumnos bajo la dirección del profesor de carpintería, el siempre recordado maestro Arturo do Carmo. Todos los profesores, a excepción  del citado, de Justo Gutiérrez para el área de dibujo y el padre Fernando Larraínzar, a la sazón párroco de las Angustias para el de religión, vinieron de fuera, siendo todos ellos profesores titutulados e incluso alguno con la categoría de catedrático.

La gimnasia, que era como entonces se llamaba a la educación física, la practicábamos en el mismo claustro del Instituto, y ya más tardíamente en el campo de fútbol. Entre las peculiariedades de aquella enseñanza destacaban  dos:  una, que el bachillerato duraba cinco años, dado su especialidad, que en las zonas marítimas era la de marítimo-pesquera; otra, que eran de estudio obligatorio dos asignaturas propias del régimen nacional-catolicista existente, las de Religión y la llamada Formación del Espíritu Nacional.

Para terminar, decir que era obligatorio aprender a ayudar a misa, y que todos los días, al comenzar y terminar las clases, se izaba y arriaba bandera al canto del "cara al sol", y a mediodía tenía lugar el rezo del "Angelus". A pesar de todo, no vayan a pensar que aquello era un infierno, nosotros éramos muy jóvenes, casi niños y lejos de molestarnos, hasta nos divertíamos, como cuando teníamos que vestirnos de "flechas", pues no vacilaba nada desfilar por el pueblo ante la atenta mirada de las muchachas.

Bueno, os dejo, que a mí me pasa como al Palmero y al Sulpicio, que en hablando del Instituto me pierdo. Si queréis saber algo más, le podéis preguntar a cualquiera de los chavales de la fotografía que ilustra este artículo cuando la pueda insertar Javi Martín, que ahora está aprovechando la feria de Villarreal para comprarse toallas, mantelerías y juegos de cama para su ya inmnente boda.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Las cuadrillas de campanilleros

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Las cuadrillas de campanilleros

Antes que se me olvide y aunque después lo recuerde, un saludo hasta el más allá para mi amigo Maclau, último exponente de las cuadrillas de campanilleros ayamontinas.

Me pide "locar", asídua bloguera, que escriba sobre los villancicos en el Cardenio y en general de aquellos tiempos de cantar villancicos por Navidad. Con mucho gusto, pues además era una cuestión pendiente.

De toda la vida, aunque también las cosas de toda la vida se acaban, en Ayamonte salían las cuadrillas de campanilleros a cantar villancicos por las calles y por las casas. Yo era un asíduo, y lo pasábamos muy bien, sobre todo cuando nos invitaban en las casas y encima echaban el aguinaldo en la zambomba. No llevábamos música, se entiende de guitarra, nos valíamos de la percusión únicamente: botella de anis el mono, pandereta, chiquichís, zambomba, palillos  o castañuelas y  por supuesto el almirez con el que se daba la entrada con tres golpes. Es cierto que se hicieron representaciones y concursos en el Cardenio, pero yo con esto, como con el carnaval, soy más de calle.

Nos gustaba ir a cantar al desaparecido bar Jerez, en el lateral del Paseo, donde tiene mi amigo Paco Abreu la tienda. Allí trabajaba un camarero conocido por Juan Pestaña que nos hacía cantar el siguiente villancico para que su jefe, que era muy agarrao, nos echara alguna moneda, cosa que ni de milagro ocurría: "lhoy traemos una corona contrahecha de laurel, para coronar con ella al hueso del bar Jerez". No vayan a creer que lo de hueso era una ofensa, era el segundo apellido del propietario del bar, José Pavón Hueso, del que un día les contaré una graciosa anécdota.

Las cuadrillas proliferaban, era raro el barrio que no tuviera una y a veces nos encontrábamos en la misma calle y nos cantábamos unos a otros. Despues, todo se fue apagando y resurgió con Maclau, que junto con Roque, el Lena y otros, nos alegraron las Navidades durante los últimos años.

Lo mejor de todo es que había un villacinco ayamontino, como hay una saeta. Siempre se empezaba así: "a esta puerta hemos llegao, señores cantar queremos, que la licencia del Niño en la mano la traemos". Os prometo que un día traeré a esta misma página las letras de villancicos de entonces.

Por último, si alguien tiene una foto de la cuadrilla del Maclau, por favor, que la envíe a mi correo para sustituirla por la que saldrá en este artículo, que por supuesto no es de Ayamonte. Gracias. Mi correo ya lo sabe todo el mundo, pero por si acaso, lo repito: larampladelconsorcio@hotamil.com

AYAMONTE EN EL RECUERDO. El "Chocito" y las palmeras

AYAMONTE EN EL RECUERDO. El "Chocito" y las palmeras

Siempre que me he referido a las chozas que existieron en lo alto del Peñón lo he hecho utilizando el término barriada y no asentamiento que es el propio de estos lugares. Y digo esto porque el asentamiento es algo provisional, sin embargo aquellas chozas, hasta que Prudencio Gutiérrez Pallares puso en antena el programa "Hermandad del Ladrillo" y se construyeron las casas del Arrecife, fueron el lugar permanente de las familias más pobres de Ayamonte. Hoy, en aquel lugar, goza merecidamente de su mansión y propiedades adyacentes el pintor Rafael Oliva.

En aquella pobrísima barriada vivía un ayamontino llamado Vicente y conocido popularmente como "el Chocito", que seguramente se debe a que vivía en una choza. Vestía boína en la cabeza y pies en los pies, es decir, iba descalzo, como todos los del lugar. Portaba hambre en abundancia y a pesar de ser un extraordinario trabajador nunca la mataba porque entonces más que paga esta pobre gente recibía limosna. Se la gastaban pronto en la tasca de Elías, en el Zampuzo o en el Centro y en muchas ocasiones andaban mareados o borrachos.

El bueno de Vicente acuñó una costumbre a todas luces pintoresca: hablar con las palmeras de la Laguna o del Paseo, se arrimaba a ellas, las miraba detenidamente, les silbaba y les hablaba, así de sencillo. Y al parecer, aunque lógicamente nadie pudo comprobarlo, las palmeras le contestaban, cuestión esta que se deducía de sus gestos.

El "Chocito" fue el creador de una frase que en los últimos tiempos ha hecho fortuna en los medios de comunicación, decir aquello de "el mundo mundial". Eso ya lo decía Vicente en los años cincuenta del pasado siglo. Como lo de decirle "chalol", como queriendo decir charlot, a todo el que se metía con él. Era amigo del "Aliñao" y del "Borra", pero normalmente se le veía solo, en especial en las noches de verano hablando con sus palmeras.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los viejos galeones

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los viejos galeones

En atención a la petición formulada por el bloguero "quintrovillegas", me dispongo a tratar el tema de los viejos galeones por tratarse de un asunto eminentemente marinero, inseparable como tal de nuestra vida y de nuestra historia.

La actividad fabril ayamontina de mediados el pasado siglo era extaordinaria. La pesca de la sardina y subsiguiente paso a conserva significaron la actividad principal de Ayamonte, generadora además de otras muchas actividades en el ámibito de los servicios.

La abundancia de sardinas era tal que en Ayamonte llegaron a existir un considerable número de galeones. En mi recuerdo, los nombrados como Ayamonte, Punta Bandera, Rafaelito, Peninsular, Catalina, Magdalena y el que más recuerdo, el España, propiedad de la familia Botello, por haber sido mi padre el patrón de uno de sus acostados, el Duero, pues el otro era el Ebro que era llevado por un primo suyo, Pepe el Bartolina. Yo iba muchas veces a ver la subasta de las sardinas en el viejo embarcadero de los barcos  que hacían la carrera de Villarreal y después iba en el barco hasta la puerta de la fábrica que se había hecho con la captura en la subasta; mi padre me dejaba llevar la caña del timón aunque él no la soltaba, por si acaso.

Aquellos galeones, llamados así en Ayamonte en vez de tarrafas, no eran barcos de carga, sino de pesca, de ahí que se hicieran acompañar de dos acostados que recibían este nombre por ir a ambos costados del galeón. Completaba la flota un pequeño barco, llamado bote, que era utilizado durante la acopejá de la sardina, operación que dirigía un técnico que por ello era llamado patrón de bote.

Terminada la temporada de pesca, los galeones quedaban atracados en el estero de la Ribera, pues entonces aun no se había hecho la dársena, y nos ofrecían esa estampa bellísima e irrepetible de ver como se entraba en el pueblo con los galeones al lado de la carretera. Ya sabemos lo que ocurrió después con el estero, que nunca volvió a ser lo que era.

Nuestra costa fue esquilmada, no por nuestros galeones, que eran pocos, sino por la enorme flota de traiñas con que contaban los portugueses pues ellos podían pescar en nuestras costas y aguas jurisdiccionales pero nosotros no podíamos hacerlo en las suyas.

A pesar de esta gran actividad, eran otros tiempos, no había sindicatos ni nadie que amparara a los marineros y a los trabajadores del muelle y de las fábricas, y la gran riqueza se la repartían unos pocos, como casi siempre.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. La droguería de Cayetano Ojeda

AYAMONTE EN EL RECUERDO. La droguería de Cayetano Ojeda

Antes de nada, aclarar que Cayetano Ojeda Fernández era el abuelo de nuestros amigos y buenos ayamontinos Tani y Ramón Ojeda.

Tal droguería venía ubicada más o menos a mitad de la calle Huelva en la acera de la izquierda y era la más famosa de la época, tanto por su antigüedad, por las diversas actividades y prestaciones que ofrecía y sobre todo por la personalidad de su titular.

Cayetano Ojeda era un hombre tan de su droguería, que a lo largo de mi vida nunca lo vi fuera de ella, era como si nunca hubiese estado en la calle. Le encantaba trabajar en la trastienda, de tal  manera que para que te despachara tenías que llamarlo a voces. Muchos de los artículos que vendía, como la pólvora, por ejemplo, lo hacía en estuchitos de papel curiosamente doblados que él mismo elaboraba. Todo lo envolvía con curiosidad... y sin prisas.

Llegó un momento en que en el mercado irrumpió el gasoil -que popularmente llamábamos petróleo- que venía a sustuit al viejo carbón. Servía tanto para cocinar como para alumbrar los hogares mediante quinqués e infiernillos. Era característico observar las grandes colas que se formaban en la fachada de la droguería con las señorar portando latas vacías de otros productos y damajuanas para abastecerse del nuevo, económico y efectivo producto. En Cádiz sacó nuestro paisano Antonio Villegas aquella letra que decía: "hay mocitas que no se conforman a casarse con cuatro trapitos, ahora quieren el colchón flex, lavadora y el infiernillo".

Termino con una anécdota o quizás un chiste que se contaba como anécdota. Un día entró un  aficionado a la pesca en la droguería a comprar unas plomadas en forma de huevo, y se equivó al pedirlas, llamó al tendero y cuando lo vio venir con sus cansinos andares, le dijo así. ¿tiene usted huevos de plomada?. Y el bueno de Cayetano Ojeda le contestó: no, hijo mío, yo lo que tengo son muchos años y un poquito de reuma. Un abrazo a Tani y a Ramón.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los cristobitas

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los cristobitas

En estos tiempos subir la calle Cuesta de San Diego resulta costoso por lo empinada, pero es un placer ver las viviendas que la adordan. Antaño, esas viviendas eran escasas y su categoría urbanística mínima: eran chozas. En una de esas chozas vivía un señor llamado Juan y era latero, salía a la calle con su hornillo de carbón y su soldador manual arreglando ,soldando los agujeros y rajas de los cacharros de cocina. Pasados muchos años consiguió emplearse en la ONCE y su vida mejoró considerablemente. Era un hombre extraordinariamente educado, eso sí, poco conversador y serio en demasía.

Pero su vida no destacó por lo dicho, sino por una actividad que practicó toda su vida, incluso cuando esta era cómoda. En cartones  de cajas de zapatos pintaba la silueta de un señor vestido a rayas horizontales, cual antiguo presidiario, la recortaba y con un simple mecanismo, una tabla y una cuerdecita, tirando de ella, lo hacía subir y bajar. A ese muñeco le llamaba cristobita y todos terminamos llamándolo así. Y es que en realidad la palabra cristobita es sinónimo de marioneta y guiñol, sólo que el cristobita de señó Juan el latero era rústico, modesto, pero a los niños de entonces nos servía para jugar.

Ahora nuestras fiestas patronales son espectaculares pero antiguamente cualquier cosa llamaba la atención. Una de ellas era la de ver a seño Juan el latero vendiendo sus cristobitas por el real de la feria haciendo bajar y subir el muñeco a lo largo de una tablilla.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los lateros

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los lateros

Mucho ha llovido, a pesar de los largos y angustiosos años de sequía, desde que en Ayamonte se dejó de oir un clásico pregón que llegó a formar parte de nuestro cotidiano vivir.

Las voces del aguaó, el cuponero, el piñonero, el pescaero, nos acompañaban a diario. Y entre estos pregones, uno especialmente dirigido a las mujeres, que eran las que estaban en casa y manejaban los utensilios de cocina: ¡niña, el lateroooo!. En nuestros días no hace falta que un cacharro de cocina se rompa, se raje, se agujeree, para tirarlo, basta un leve deterioro para que lo cambiemos por otro nuevo. Pero antiguamente no era así, la penuria económica hacía que aquellos viejos cacharros de cocina se aprovecharan al máximo, y cuando uno de ellos sufría una picadura, la señora se asomaba a la puerta de su casa a la espera de oir aquel pregón: niña, el latero.

Se trataba de un profesional que portaba una especie de hornilla de carbón, donde calentaba el soldador y después restañaba el agujero, la picadura, la raja, en definitiva, hacía que el cacharro pudiera volver a usarse.

En mi memoria, dos lateros muy recordados. Uno, señó Juan, aquel señor que fabricaba y vendía los famosos cristobitas y vivía en la Cuesta de San Diego en las chozas allí existentes; y el otro, el archiconocido y simpático "Arzapepa", que lo mismo soldaba por la mañana que trabajaba de camarero por las tardes, o aprovechando una velá o un mastro.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los paseos hasta el matadero

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Los paseos hasta el matadero

Es cierto que cada época se distingue según las costumbres de sus contemporáneos y que estas cambian con el paso del tiempo, dejando una huella que a veces es agradable recordar.

Una de las costumbres más arraigadas entre la juventud ayamontina de mediados el pasado siglo era la de pasear y tomar el sol los domingos después de comer a lo largo de la cuneta de la carretera y de esta misma por la escasez de tráfico y con un final predeterminado: el viejo matadero municipal.

Durante el paseo, tomando el sol, usos y maneras invariables, como comer piñones, de tal guisa que todo el mundo poseía y portaba una pequeña navaja para abrirlos; y una parada obligada en la huerta primera, la de "Tintín", para arrancar los tronchos de coles que habían quedado en la tierra, pelarlos y degustarlos, cuestión esta que ahora puede extrañar, pero en esos tiempos los estómagos no andaban muy airosos y todo venía bien. Ya en el viejo matadero, unas hermosas y generosas moreras facilitaban la continuación de la merienda.

El regreso se producía cuando empezaba a aparecer el relente, y como quiera que algún que otro noviazgo se fraguó en dichos paseos, algunas parejas venían más lentas. Lógico.

En el viejo matadero vinieron a construir un auditorio, no se por qué, porque al final ha quedado en restaurante. El Ayuntamiento se escudó en que el viento daba en las palmeras y no se oía bien la música, y por eso se lo entregó a la familia que lo regenta, y no quiero seguir con el asunto, que me pone ciertamente nervioso. Hoy, ni matadero, ni auditorio, eso sí, un gran negocio que no se por qué procedimiento se adjudicó. En fin, dejemoslo aquí, y si alguien sabe algo más que entre en el blog y ponga un comentario, que será bien venido. Además, esta no es la página del mojarreo, sino de la nostalgia.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. La vieja consulta de don Jesús Rasco Gamero

AYAMONTE EN EL RECUERDO. La vieja consulta de don Jesús Rasco Gamero

Ante todo aclarar que nos estamos refiriendo a la consulta que don Jesús Rasco pasaba en las viejas instalaciones del antiguo Hospital de la Caridad, sito en calle Ainé Carbonell, en su calidad de "médico del seguro", como se decía antes.

Don Jesús Rasco fue hasta el mismo momento de su jubilación el médico de cabecera de mi familia, así que de aquella vieja consulta guardo imágenes imborrables.

Se entraba a ella por una puerta distinta de la principal del hospital, un poco más arriba. Dicha puerta daba a una pequeña sala de espera. Ya dentro, a la izquierda, había otra puerta que comunicaba con una habitación sótano a la que se accedía bajando unos escalones y en la que se encontraba instalado un aparato de rayos X, que para la época era todo un lujo. Otra puerta más situada a la derecha de este sótano comunicaba con la que era propiamente la consulta de don Jesús.

Pero no crean que se ha acabado esto de las puertas. La habitación-consulta daba a un patio y el patio a una casa de vecinos que mostraba su fachada a la entonces calle Capitán Cortés.

Para acceder a la consulta de don Jesús no hacía falta sacar número, simplemente se pedía la vez, y el propio doctor, con voz potente, decía: "pase el siguiente". Pero a mitad de la mañana esa voz dejaba de oirse aunque nadie sabía por qué, sólo los que ya conocían el asunto. Don Jesús, sencillamente había salido a tomar el tentempié de media mañana; pero no lo hacía por la puerta principal, sino por el patio y la casa de vecinos.

No se si lo mandaban las normas o el gran sentido de responsabilidad que presidió siempre la vida profesional del doctor Rasco, pero es lo cierto que esta consulta la pasaba también por las tardes. Además, sacaba tiempo para las visitas domiciliarias. El viejo muro de Canela fue testigo silencioso de sus idas y venidas a la isla.

Profesional como la copa de un pino, hoy nos queda el recuerdo nostálgio de su personalidad, su intachable conducta, su hombría de bien, sus cansinos andares, su inseparable chaqueta blanca y su sombrero de paja y ....de sus famosos desayunos a mitad de la consulta.

Para terminar, decir que la ilustración de esta página será la de un dibujo a pluma de la artista local Virginia Saldaña, que me concedió el privilegio de ilustrar algunos de mis libros.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Casa Reyes (la tienda de Jesusa)

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Casa Reyes (la tienda de Jesusa)

Traigo a colación los dos nombres con que era conocida esta desaparecida tienda ayamontina. Uno, Casa Reyes, responde sencillamente a nombre comercial, se trata del primer apellido de su propietario; el otro, la "la tienda de Jesusa", responde a su nombre real, a como era conocido el establecimiento,y era el nombre de la esposa del sr. Reyes. Normalmente nadie decía que iba a comprar un rosario a Casa Reyes, sino que decía, "voy a comprar un rosario anca Jesusa".

Ignoro si en alguna ocasión el sr. Reyes realizó obras en la tienda, al menos durante el tiempo que yo la conocí, es decir, desde mi niñez hasta que la tienda desapareció puedo decir que no. Yo al menos la recuerdo siempre igual, con su viejo mostrador de madera y tapas de cristal a través de los cuales podíamos ver la bisutería, los rosarios, los escapularios, las medallas, los crucifijos, los calabrotes y también alguna que otra cartera de piel, monederos y bolsos. Y su inolvidable y crujiente suelo de madera. Complementaba la oferta comercial una diversidad de artículos de regalo y la clásifica perfumería. Y una curiosidad: se anunciaba como vendedora exclusiva de vistas panorámicas, es decir, lo que popularmente era conocido por postales, que dicho de paso, ahora se ponen de moda y todos presumimos de tener postales antiguas de Ayamonte.

Al frente de la tienda, una mujer agradable y extremadamente educada: Jesusa, mujer muy religiosa, de ahí que la especialidad de la casa fuesen los artículos religiosos, como estampas de santos, incluso de los más desconocidos; libros de primera comunión, misales y hasta los velos con los que las mujeres venían obligadas a entrar en las iglesias.

Sentada siempre a la puerta de la tienda, cual si formara parte inseparable de su decorado, era de ver una señorita rubia, de tez blanca, sobrina de los dueños. Era la "eterna novia de Juan Luis Muñoz Estevez", aunque nunca llegaron al casorio.

Tiendas como la de Jesusa se recuerdan siempre porque un día cualquiera, ordenando un cajón de nuestra vieja mesita de noche, nos encontramos con algo que nunca quisimos tirar, como un viejo escapulario o una fina cadena de la que pende un crucifijo, todo metido en una pequeña cajita con una etiqueta pegada que reza así: Casa Reyes. Y entonces, nos parece oir de nuevo el crujir del viejo suelo de madera de aquella tienda de la calle Real.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Viejas y perdidas estampas de nuestra Semana Santa

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Viejas y perdidas estampas de nuestra Semana Santa

Nuestra Semana Santa, en su aspecto cofradiero o procesional, como cualquier otra actividad cultural, ha sufrido a lo largo de los años innumerables transformaciones, que vamos a tratar de resumir en este artículo.

El paso del Descendimiento de la cruz era bien distinto del actual. Aquel viejo paso era conocido como el de "los santos varones", que aparecían inclinados sobre los brazos de la cruz. Al pie de ésta, las piadosas mujeres expectantes con el sudario preparado, precisamente una de estas imágenes procesiona hoy en el paso del Señor de la Mulita representado a una mujer del pueblo hebreo.

La hermandad de la Soledad contaba con un  cuarto paso que desfilaba detrás del crucificado de la Vera Cruz y antes del Santo Entierro. Este paso representaba el triunfo de la cruz sobre la muerte, llevaba una calavera y un gallo y sobre el travesaño de la cruz pendían las vestiduras del crucificado, por ello era popularmente conocido como "el paso de la rompa tendida".

El paso de Jesús Caído, que posteriormente sirvió para el Señor de la Mulita y hoy constituye el altar de culto de esta imagen en la capilla de la hermandad, destacaba por el gran número de espejos de su canastilla.

La hermandad de Ex-combatientes contaba con el tercer paso, que en realidad era el primero en el desfile y el que daba título a la cofradía: el Cristo de la Victoria, conocido popularmente por "el Beso de Judas". Por razones obvias, al ser de escayola y no reunir condiciones ni garantías, fue retirado del desfile procesional, pero aun en nuestros días se le echa de menos.

Una de las estampas más recordadas de aquella antigua Semana Santa, era el desfile en solitario del Cristo de la Buena Muerte -el siempre querido "Señor sin tripas"- desde el templo de la Merced, sin acompañamiento musical. Se le cantaba el perdón a medida que avanzaba por el interior del templo buscando la salida y el cortejo de penitentes portaba cirios con velas rizadas que alumbraban mediante una pila.

Padre Jesús es la cofradía que de más tradiciones se ha desprendido: la colecta que hacía el bueno de "Colijo", llamada "votitos de Padre Jesús"; los huevos cocidos y teñidos con una anilina morada; las bocinas; las insignias en general, bandera, estandarte, etc. y la matraca que últimamente se ha recuperado. Eso sí, las carreras espectaculares e innecesarias perduran desgraciadamente, lo demás se puede eliminar tranquilamente. Y eso que es la "cofradía del pueblo", que si fuera de unos pocos no quiero ni pensar qué pasaría.

En fin, fueron otros tiempos que permanecen en la nostalqgia de quienes los vivimos.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Las Angustias, del hambre al buen yantar

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Las Angustias, del hambre al buen yantar

Siglo XX. Mediados de siglo. En España ha finalizado la peor de las desgracias que pueda recaer sobre un pueblo: una guerra civil. Las consecuencias de las guerras civiles siempre son las mismas: hambre, miseria, analfabetismo...

En esos tiempos las fiestas de las Agustias se celebraban en los aledaños del Paseo. Unos cuantos cacharritos, pocas y modestas casetas; la municipal para los pudientes; la verbena popular para los pobres... y los bolsillos casi vacíos. Vueltas y vueltas, y en un momento determinado una copa de vino y una tapa en "La Raspa" o en cualquier otro ventorrillo, y antes de volver a casa, café con jeringos. No había para más.

Siglo XXI. Principios del siglo. En España, gracias a Dios, ni hay guerras, ni hambre, ni analfabetismo en cantidades a tener en cuenta. Los bolsillos vienen presentables. Un gran recinto ferial, nuevo, ad hoc, para deleite de todos, sin distinciones. Menos vueltas, menos paseos por el real, más cacharritos, enormemente caros...y las casetas, todas abiertas, todas de todos, como debe ser. Y a comer, que a eso hemos venido.

Y no es que yo vea mal que a la feria se vaya a comer, lo que observo, desde la distancia, porque por las razones que ustedes conocen yo no voy, es que el yantar se ha convertido en el leimotiv de las fiestas, todo lo demás es accesorio, secundario. Hay bienestar y se nota. Y yo me alegro.

Atención a todos, pasaron a la historia las antiguas Angustias, las del hambre; ya tenemos aquí las nuevas, las del buen yantar. La corneta ha sido limpiada, brilla como el sol, pronto, muy pronto de ella saldrán unas notas que llaman a la mesa. Atención ayamontinos, van a tocar fajina.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. El retablo de la capilla del cementerio

AYAMONTE EN EL RECUERDO. El retablo de la capilla del cementerio

Para aquellos visitantes del blog que no lo conocieron, la fotografía que ilustra este artículo es la del retablo existente en la antigua capilla del cementerio.

Con ese afán de engrandecerlo todo, como si fuese cierto eso de caballo grande ande o no ande, la antigua y recoleta capilla del cementerio fue enviada al ostracismo y en su lugar se construyó otra, destartalada, con pasillo central transversal de correveidile incluído, muchos bancos y en el lugar que ocupaba el retablo, unas cortinas rojas a modo de teatro más que de cementerio, y el crucificado adosado a una hornacina entre las cortinas.

Según he sabido, el retablo quedó abandonado en uno de los almacenes municipales del polígono industrial, de esos de donde salen las carrozas del carnaval. Seguramente el sabio informador de turno, que al parecer siempre es el mismo, decidió que tal retablo carecía de valor artístico e histórico, y a modo de lo que hizo un párroco de las Angustias con los púlpitos, pensó que estaba mejor en un almacén para que no se diga que se tiró a un vacie.

Me van a perdonar la ironía, pero se me ocurre que el bonito retablo, después de la remodelación de la capilla, duerme el sueño eterno, no en el cementerio, que sería su sitio, sino en un almacén municipal junto a las carrozas del carnaval. Cosas de la vida... y de nuestro querido Ayamonte y sus iluminados hijos.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. La tienda de los Pallares

AYAMONTE EN EL RECUERDO. La tienda de los Pallares

Antes de nada, aclarar que el presente título no es más que una abstracción popular de las distintas denominaciones comerciales con que sucesivamente venía anunciándose esta popular tienda comestibles: Calixto Pérez Toresano, Viuda de Calixto Pérez Toresano, Hijo de Calixto Pérez Toresano, y el genérico más conocido de Antigua Casa Pallares.

Venía situada en la calle 29 de julio, después de Prudenio Gutiérrez Pallares. Su principal característica es que simultaneaba la venta al por mayor y menor, es decir, atendía compras de particulares y abastecía a otras tiendas de comestibles.

Su especialidad eran los cereales, harinas y legumbres, y se anunciaba como distribuidor exclusivo de las acreditadas tortas de aceite "Inés Rosales", un producto que perdura y parece vencer al tiempo.

Al frente de la tienda siempre conocí a los hermanos Pérez Pallares, Prudencio y Calixto, el primero siempre detrás de la vieja y artística caja registradora, y el segundo tras el mostrador en tareas de despacho. Prudencio era algo serio aunque con gran sentido del humor en ocasiones; Calixto era conversador y muy amable.

A veces ayudaban en la tienda los hijos de Prudenio, José María y Calixto Pérez Martín, uno de los grandes e inolvidable cofrade de nuestra Semana Santa, y en ocasiones también la buena de Matilde, hermana de ambos, echaba una mano. Dependientes fijos, de largos años de servicio, Manolo Martín y el popular Luis "el Junquero", cuñado de nuestro amigo Cortada.

Se trataba de unas dependencias algo estartaladas. La zona comercial estaba abajo y existía un primer piso que funcionaba a modo de almacén; detrás había un patio que daba acceso a otras dependencias, que se comunicaban con la entonces calle Capitán Cortés, hoy Lusitania.

La tienda de los Pallares, multiplicaba sus ventas llegadas las fechas navideñas, aunque en ventas pequeñas dado el escaso poder adquisitivo propio de la época. Recuerdo que mi madre solía comprar medio kilo de polvorones, medio litro de anís o aguardiente de garrafa, y un par de kilos de harina para hacer en casa los pestiños que se guardaban en un lebrillo de barro.

Hoy los descendientes de tan populares comerciantes del yantar nos ofrecen el buen talante y modos de sus antepasados, al menos yo con ellos me llevo de maravillas, y nos une mucho el mundillo semanasentero.