AYAMONTE EN EL RECUERDO. HOY: EL CASTILLO
El año 1996 publiqué en Gaceta de Ayamonte un romance en que contaba el expolio que Fraga Iribarne siendo Ministro de Turismo hizo a nuestro viejo y querido Castillo. Hoy lo reproduzco para mis lectores del blog. Espero os guste y a los jóvenes que os sirva para amar más todavía a Ayamonte y velar por sus cosas para que otras como ésta no vuelvan a pasar. Ya sabemos que la palabra castillo es nombre común, pero el nuestro, por el daño que le hicieron y nos hicieron a los ayamontinos, bien merece escribirlo con mayúsculas.
Allá va el romance:
Desafiando a los tiempos, alturas y vendavales, tuvo Ayamonte un Castillo, no se si romano o árabe, cartaginés o fenicio o de conquista estandarte. ¡Qué más dá si fueron tantas las culturas que en el tiempo su firme huella dejaron en este pueblo que mira, con pasión y sentimiento, a un campo de tierras rojas y a un río de mar sediento!.
Y pasaron muchos años, años de paces y guerras, salinas y cales blancas, galeones y trasmallos, de salazón y conservas... y de testigo, el Castillo, y los niños que jugaban, generaciones enteras, a soldados de armaduras y al esconder entre sus piedras.
Y el poeta que hace años la luz deslumbrante viera, construyó bella metáfora a la mujer de su tierra, vestida de faralaes, de mantilla azul celeste y el Castillo por peineta, en lo alto de la Villa, tan dulce, blanca y quieta.
Mas llegó la dictadura, la de después de la Guerra, y las leyes expropiatorias quedaron a sus expensas, en las manos de unos pocos las decisiones a las buenas, que según los dictadores, se tomaban para bien de la patria toda entera. Y aquella vieja peineta, abatida por los suelos, vio su lugar usurpado por una vulgar diadema; y a su lado, desafiante, a la Historia y todo el pueblo, una mansión -santo y seña- del feudalismo moderno.
No se lo cuenten ustedes al poeta de este pueblo cuando un dia se lo encuentren allá en lo alto, en el cielo. Dejemos que sus pupilas, de poeta y de maestro, sigan queriendo mirar, con amor de sus adentros, aquella vieja peineta que casi besaba el cielo, la mantilla azul celeste y el traje andaluz en forma de barrio tranquilo y quieto.