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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2015.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. 60 aniversario del Instituto Laboral.

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La avenida de Andalucía ha vuelto a llamarse del Generalísimo; el paseo de la Ribera, de Queipo de Llano; la plaza de La Laguna, plaza de José Antonio; la calle Buenavista, del General Yagüe…

Desde la curva del astillero de Zamudio, dejando atrás la “casa colorá”, circula despacio un taxi negro y cúbico; en sentido contrario, un volquete tirado por una mula rumbo a una pedrera y unos carros cargados de grandes bocoyes e igualmente tirados por mulas, en los que los antiguos aguaores, Patalingue, Piporro, Miguel Antúnez... se dirigen a la "Casita del Agua" para cargar el líquido elemento y su posterior distribución casa por casa.

Han abierto sus puertas las tabernas del  Lana y el Adoquín; el bar la Gasolinera, el de la Cepa, el Túnez, y cerrando el íter del vino de la avenida, el viejo Rancho Grande.

Antonio Campos y los hermanos Castelo abren sus barberías y preparan los utensilios del oficio a la espera del primer cliente.

En el estero, los galeones aparecen anclados junto a sus acostaos, y un buen número de canúas de las que se dedican a la pesca del mechillón.

A las nueve de la mañana Paco el Lanchero ha cruzado ya varias veces el estero de la Ribera, y a esa misma hora, con puntualidad castrense, abren sus puertas las tiendas de Rafalito Aguilera, Salvador Morlera, La Giralda de Sanchito, la Caldera de los Pallares, Enrique el Locero, el Buen Gusto, Casa Fernández, Almacenes Arcos, Sotito, las tahonas de Salazar, Carrito, Elías, que impregnan con incomparable olor a pan recién hecho las calles de sus alrededores.

La plaza de abastos ha vuelto cargada de romanticismo, abierta y luminosa, con su inolvidable suelo de chinorros, y ya trabajan frenéticamente en sus puestos carniceros,  pescaeros, cafeteros, fruteros... y Angel E`sury  siente sus pinceles llamar a "generala" para dejar plasmado en un lienzo todo el encanto contenido en el entorno

El paisaje urbano es pobre, pero bello y romántico. Aun no ha sido flagelado por el desmadre urbanístico que pronto nos privará de las ruinas del Castillo romano y del Baluarte, y desde cualquier punto se pueden contemplar alrededores atractivos. Desde casi todos los lugares se ve el río, el castillo y las torres y espadañas de las iglesias.

Desde la estribación norte del Muelle de Poniente la vista del barrio de La Villa resulta paradisíaca. La vieja torre de la iglesia del Salvador, de piedra ocre y erosionada por los vientos, se da la mano con la amurallada del Castillo en ruinas. A sus pies, la Plaza del Salvador, "el Solá", corona inconfundible del barrio de la Villa, un barrio  de casitas bajas de tejados musgosos, de gatos domiciliados, de pana sudada, de bravas espigas, de olor a vieja tahona, de aguas frescas de manantiales urbanos, de viejas escuelas, de vinos bebidos "a tropezón", de brocal de pozo erosionado por cuerdas en manos de rudas y bellas mujeres, de baldeos al atardecer, de un viejo pastor lusitano conviviendo con el apóstol en una secular "madrugá", de cuna de niños expósitos...

La torre de la iglesia de las Angustias luce libre y esplendorosa, erguida y solitaria, apoyándose en un baluarte de piedra que ya no espera desembarcos de piratas, aunque los más románticos afirman que sus viejas piedras conservan cierto olor a pólvora y que en las noches silenciosas y en calma se pueden oir ruidos de sables y espadas… Tiempos pasados que no volverán pero quedan en el recuerdo.

 

Y el siglo XX estaba a punto de superar la cresta de su centenario recorrido cuando Ayamonte amaneció "sembrada" de carteles que anunciaban la apertura de un Instituto Laboral, un centro de Enseñanza Media, que se ubicaría en el lugar que tiempos pasados fuera Casa Cuartel de la Guardia Civil y Convento Mercedario, entre la iglesia de la Merced y la vieja Escuela del mismo nombre.

 

         En principio, muy pocos entendían, o entendíamos, el verdadero contenido del mensaje: ¿qué era un Instituto Laboral?, ¿qué era un Centro de Enseñanza Media?, incluso, ¿qué era un Bachillerato Laboral?

 

         A partir de la Escuela Primaria, a los niños ayamontinos de familias pobres, o sea, la inmensa mayoría, solo les quedaba incorporarse al mundo del trabajo a través de aquella legendaria figura del aprendiz.

 

         Aparentemente, la apertura de un Centro de Enseñanza Media, que además sería gratuita, significaba un salto cualitativo en pos de una pretendida igualdad social, rompiendo así la gran desigualdad de clases existente. Mas la intención era bien distinta: no se trataba de que los hijos de los trabajadores terminaran siendo licenciados universitarios, sino mecánicos navales, técnicos de astilleros, patrones de la mercante, soldadores, electricistas. De suyo, el nuevo Bachillerato tenía un carácter mixto en el terreno pedagógico: a las clásicas asignaturas llamadas humanidades añadía las del conocimiento del mundo marino y marinero y los oficios más conocidos.

 

         Pero una vez más el Régimen se equivocó. El ansia de saber de muchos de aquellos alumnos evitó el estancamiento en titulaciones medias o simplemente técnicas, y proliferaron los médicos, abogados, maestros...

 

         Alucinantes para nosotros fueron aquellos inicios. Era como una ensoñación recibir clases de profesores y catedráticos foráneos que vinieron destinados al Instituto: Don Juan Fernández Fernández, el primer director, flemático, impenetrable; Doña Carmen Sigler Jiménez, que terminaría siendo su esposa, tal para  cual incluso antes de compartir común colchón; Doña Pilar Cruz Miñana-Soriano, todo un sex symbol del momento, áspera de carácter y absolutamente inaccesible; Doña María Jesús Valdés-Hevia y Villa, la elegancia personificada; Don Ignacio Fernández García, nuestro mito, el gran sembrador de empatías...

 

         Casi podríamos afirmar que el concepto minimalista nació con nuestro Instituto Laboral: las aulas justas, las oficinas mínimas, un claustro que a la vez era gimnasio y taller de carpintería. Pero funcionó, y de qué manera. Es cierto que muchos abandonaron nada más empezar y otros tantos no llegaron al final del camino, pero otros muchos alcanzaron grandes metas.

 

         Hoy, al cabo de sesenta años, a los ya viejos alumnos de aquellas primeras promociones, no nos queda más que ser agradecidos por la oportunidad que nos ofreció nuestro añorado Instituto Laboral, agradecimiento hoy extensible a la Dirección del Instituto Guadiana y a su claustro de profesores por la oportunidadque nos han dado de participar de forma tan activa en esta, quizás para muchos, la última efeméride.

16/05/2015 14:17 mojarrafina ;?> Hay 26 comentarios.

AYAMONTE EN EL RECUERDO. Aquellos olores urbanos...

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El abuelo se sentó en la silla de la Maestra. Ese día el abuelo se disponía a dar una clase muy especial a los alumnos de primaria, les hablaría de un pasado que ellos no conocieron, es más, que ni siquiera sospecharon, les va a relatar cómo eran aquellos olores que se respiraban en el Ayamonte de mitad del pasado siglo, olores urbanos hoy desaparecidos, bien porque desaparecieron los centros productivos de los mismos, bien porque la producción y elaboración de mercancías ha cambiado radicalmente y ya no ha lugar a disfrutar de aquellos incomparables efluvios.

Mirad, niños, os voy a contar cómo se olía antiguamente en Ayamonte, cuando yo tenía la edad que ahora tenéis vosotros.

Cerca del muelle, en la calle Aduana, había una cafetería conocida como la de "Manolito el del quiosco". En ella se elaboraba un exquisito café, posiblemente el mejor del pueblo. Tan es así, que alrededor de aquella cafetería se olía a café recién hecho, mezclándose con el olor a sardinas cocidas en las calderas de una fábrica de conservas cercana, la fábrica llamada de "Indemar".

Muy cerca de ese lugar, en la calle Cervantes, había una mercería regentada por una señora llamada Feliciana, pero conocida como "Feliciana la del café". ¿Sabéis por qué?. Porque aquella buena señora vendía café portugés de contrabando, y como entonces no se conocía la técnica de envasado al vacío, a través del plástico de las bolsas salía el olor a café natural, un olor riquisímo que inundaba la calle y se confundía con el olor a pana de la tienda de Guerrero, de franela de la de Manolito el Lápiz y la pañería de la tienda de Paca la Parreña, todo ello mezclado con el olor a viruta de madera recién cepillada de la carpintería de Leopoldo Aguilera.

Por la calle Lepe, al principio, que es como siempre llamamos los ayamontinos a la calle Huelva, se disfrutaba de un rico olor a jamón bien cortado de la tienda de una señora llamada Sarita y que cortaba con maestría su esposo, el bueno de Eduardo Morán. Enfrente, un rico olor a vermut procedente de una tasca llamada "La Oficina", del Sr. Elías, que los clientes acompañaban con unas lonchas de tocino de jamón envueltas en un papel de estrasa.

Nuestro precioso centro olía también a buenos perfumes, pues entonces se vendía mucho la colonia a granel, y claro, cada vez que se abría un tarro para despachar una porción,el efluvio de la colonia llegaba a la calle. Eso era muy propio en la calle Real, donde estaba la perfumería "La Giralda".

También de las barberías salían ricos olores. De la del maestro Celedonio, en la callejita que era conocida por su nombre, al ser muy estrecha, pendía en el aire un rico olor a "Floid", que era un producto que el maestro extendía por la cara recién afeitada del cliente.

Abundaban los olores a pan recién hecho de las muchas tahonas que había en el pueblo; a buena cocina, en la calle Zamora, procedente de "Casa Barberi"; a pescaíto recién frito del bar de Margallo. Y a rica chacina a lo largo de buena parte de la Avenida y la calle Huelva procedente del almacén de un señor conocido por "el Chacinero". Hasta el carbón y el cisco de la tienda de Caraballo olían bien.

Y no digamos el olor a chocos fritos del bar de "Manolito el de la plaza"; de sangre encebollada de "La Alegría de la Plaza"; de jeringos de Rogelio y de fruta fresca, siempre del tiempo, de la plaza Abastos.

Más olores quedan por citar, pero ya al abuelo le falla la memoria.


26/05/2015 21:46 mojarrafina ;?> Hay 12 comentarios.

AYAMONTINOS INOLVIDABLES. Antoñita Giráldez, el nardo cercenado.

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"Parece que va a caerse...

A Rodríguez Buzón le parecía que Padre Jesús podía caerse pero.... no se podía caer.

Parece que va a troncharse, pero no se puede tronchar. Habría que cercenarlo para acabar con él.

Parece que va a troncharse, ese nardo, paradigma de elegancia y humildad que fue la ayamontina Antoñita Giráldez.

Parece que va a troncharse, pensábamos al  verla pasar junto a nosotros cuando, como nadie, vestía de mantilla y peineta por las Angustias o en Semana Santa. La veíamos como vemos esos jarrones de cristal fino, que siempre creemos que terminarán hecho añicos por un simple soplo.

Aparentemente frágil, Atoñita Giráldez -nunca me cansaré de ensalzar su sencilla elegancia, en el vestir, en el estar, en el comportarse, en la manifestación cotidiana de su propia vida- era como ese guayacán de apariencia suave, de colores claros, pero de interior fuerte, resistente, incansable en cualquier cometido que afrontaba. Un nardo inquebrantable, cercenado al final de una lucha silenciosa pero titánica contra esa enfermedad de la que se dice, cual efecto placebo, que ya está controlada, pero que la evidencia de su inmisericorde guadaña nos dice todo lo contrario.

No he visto a nadie trabajar tan en silencio y a la vez con tanto denuedo, como la veía en íntimas tardes de 8 de septiembre enfrascada en el exorno del paso de la Virgen de las Angustias, para unas horas más tardes pasear sin la menor presunción su mantilla, su peineta... su vida misma entregada desde el silencio, la compostura y la humildad a su Patrona.

El cáncer no pudo tronchar ese nardo. Pero terminó cercenándolo. Es su estilo. Maldito sea por siempre, y benditas todas las mujeres que le hicieron frente hasta el último suspiro. Descanse en paz Antoñita Giráldez y permanezca siempre en nuestro recuerdo como ayamontina inolvidable.


29/05/2015 21:38 mojarrafina ;?> Hay 5 comentarios.


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